AL TRASLUZ
Viejos leños
María Dolores Pradera dará un concierto en el Auditorio de León, en diciembre. En apariencia, su elegancia física e interpretativa podría parecernos muy alejada del espíritu de los tiempos actuales. Lo suyo, como ella misma canta, «no se estila, ya sé que no se estila». Y sin embargo, ¿hay algo que haya sobrevivido mejor que todo ese puñado de canciones que acompañaron a nuestros padres y luego nos acompañaron a nosotros, y lo siguen haciendo, con sus letras sabias y sus bellas melodías, muchas veces respaldadas únicamente por dos guitarras? Cuántas cosas hay que ya no se estilan, y sin embargo seguimos aferrándonos a ellas porque son verdad. No es que uno vaya a reclamar la vuelta del vinilo o del can-can, pero la crisis está sirviendo para recordar que las grandes voces del pasado lo son también del presente. No pueden regresar, pues nunca se marcharon. «Quemad viejos leños, leed viejos libros, bebed viejos vinos, tened viejos amigos», recomendó Alfonso X el Sabio. Y escuchad viejas canciones, añadimos. A juzgar por la música que irrumpe del cuarto de mi hijo, tendría que atarlo para que escuchase una canción de Pradera. Pero no se pueden forzar los gustos. A mí padre le gustaba Sinatra cuando yo seguía a Dylan. Ahora, Van Morrison me hace pensar en mis progenitores. Todo llega, si su misión es llegar.
Asimismo, nuestro Luis Gómez Domingo, inauguró ayer en Caja España–Duero, en la sala de Santa Nonia, una muestra sobre Don Quijote. Este turolense de nacimiento y berciano de adopción, ilustrador desde hace décadas del suplemento Filandón, de este periódico, no se pregunta si se estila o no la pintura figurativa, pues sabe que lo único que uno puede hacer con sus convicciones —sean vitales, religiosas o pictóricas— es seguirlas. Él lo hace moviéndose con maestría en las fronteras donde los lenguajes expresivos se diluyen. Su pintura es otro de esos viejos leños, que al arder nos da llamas de futuro.
Lo puntual pasa. Lo verdadero permanece, se estile o no, pues no es moda. A Don Quijote le advirtieron que la caballería ya no se estilaba, y aquí sigue recordándonos que lo único imperdonable es no haber intentado —siquiera una vez— hacer del nuestro un mundo mejor.