Diario de León

TRIBUNA | ilia galán

Las patas sobre el asiento

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ILIA GALÁN
León

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Cada vez es más común encontrarse en un tren a un joven abandonado sobre varios puestos, probablemente con estudios universitarios, después de caminar por la sucia ciudad, sorteando los vómitos de los muchachos que bebieron sin saber hacerlo productos etílicos, las orinas y heces de los canes y algunos borrachuzos, más los detritos normales en cualquier suelo: los escupitajos del enfermo de sida, los restos del cigarro mal apagado que aspiró el abuelo desdentado, etc.

Sus zapatos, cochinos, veo cómo se posan sobre el asiento delantero cuando lo encuentran y nadie les dice que eso no es correcto. No miran si alguien les mira, pues carecen de vergüenza o pudor. Indiferentes como el bóvido ante una estatua de Fidias, mientras pasta su pitanza entre las flores.

Normalmente son los que viven en las ciudades o los que han estudiado algo los menos educados, mientras que todavía en los pueblos y aldeas se mantienen las sanas costumbres. Al revés de lo que en otros tiempos sucedía.

Ahora que en nuestro país han mejorado las infraestructuras después de tantos años y tenemos transportes y parques estupendos, todavía, los descuidamos con abandonado maltrato. Hasta los hay que, al llegar a casa ajena, levantan sus sucias garras y las dejan posadas sobre la cuidada mesa donde antes uno posaba el pan o delicados objetos.

Las costumbres cambian y ahora se deshacen las que nos vertebraban, por eso no extrañe que si se llama la atención a uno de esos infractores le responda, cómodamente despatarrado y ocupando doble plaza, con malos modos y hasta insultos. La señora que luego se sienta con su blanca falda en esa plaza, se levanta innecesariamente manchada por la comodidad anodina del metepatas. No pasa nada, es otro quien sufre, al igual que quienes ensucian el campo una vez lo han disfrutado no miran en los que encontrarán las bolsas y botellas marranas que les han dejado sus predecesores, estropeando el paraje idílico con sus excrecencias. No les importa.

Del mismo modo, un día, al entrar en clase, me encontré a una jovencita tumbada en la mesa del profesor. La miré y ella se quedó sorprendida de mi silencioso reproche pues le parecía natural seguir ahí, ni siquiera amenazante, más bien descansando, con los demás posados como una manada de focas alrededor.

No sólo son las normas elementales de urbanidad lo que se van perdiendo, sino los valores morales, lo que ha hecho posible a Occidente, después de siglos, llegar a la cima del mundo humano y dominarlo.

Ahora son más educados los chinos y los de otros lugares, muchos de ellos inmigrantes, los más esforzados y cuidadosos, mientras su civilización prospera. No pide uno las reverencias del siglo XVIII, pero tal vez, las patas por delante, estemos ante un símbolo de lo que pasa en nuestro blando mundo, el mismo que se nos desmorona, después de tantos esfuerzos educativos y sueños.

Ni los centros educativos, ni algunas familias, ni nuestros preclaros modelos sociales lo enseñan en revistas o televisiones, recordemos al presidente del gobierno, Aznar, colocar sus patas sobre la mesa de Bush.

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