La opinión del lector
Adiós a Antonio
el del Torreblanca
La repentina muerte de Antonio García Ferreras —Antonio el del Torreblanca para casi todo el mundo— la pasada Nochevieja, nos amargó el primer día del año y nos enfrentó con la peor parte de ese homenaje al paso del tiempo que celebramos tan festivamente cada 31 de diciembre. Apasionado y hablador, transparente y sociable, esto último más por naturaleza que por profesión, no tardaba en regalar una semblanza de sí mismo a todo el que tuviese la fortuna de conocerlo: Antonio era de Cofiñal, era del Real Madrid, era el marido de Mari y era el padre de Noelia y de Andrés, y de todo ello estaba tan orgulloso y feliz que apenas podía nadie tomar un Artesano en el Torreblanca sin oír un encendido elogio de alguno de los cinco. Era, en fin, un hombre alegre, que vivía a gusto consigo mismo y que transmitía esa alegría apenas uno enfilaba la calle de la Torre.
Pero sobretodo, Antonio fue un hombre de bar en el sentido más noble que a la expresión se le pueda encontrar. No conocimos al Antonio de los primeros años en Madrid, ni al de los tiempos en que trabajó en la cafetería Emperador, otra extinta institución leonesa, pero sí tuvimos la suerte de conocer el Torreblanca, que más que un bar era su casa abierta de par en par. Antonio no podía concebir el bar como un lugar en el que se despachan bebidas (ni mucho menos tapas de diseño), sino como un hogar en el que recibir amigos y compartir un vino y un cigarro. El Torreblanca fue uno de los últimos bares de verdad. En una sociedad cada vez más anodina, se echa de menos más gente de la personalidad, la humanidad y la raza de Antonio. Gracias a Dios sabemos que si llegamos al cielo nos estará esperando con un caldo de Cofiñal por si cogimos frío por el camino: «¿Qué pasa nin?».
Ángel Suárez Corrons. LEÓN