AL TRASLUZ
Olores que matan
El enigma ha quedado zanjado. Más o menos. La ciudad entera parecía haber sido alcanzada por una gran bomba fétida. ¿Quién era el enemigo y dónde ocultaba su trasero del nueve largo? «Mamá, yo no he sido», se defendía el nene. Pero tal olor no podía venir de nalga conocida. Un inglés siempre tiene el recurso de culpar al mayordomo. Y un chino, a Manolita Chen. Y un italiano, a Berlusconi. Los leoneses tenemos a Valladolid, pero no podemos continuar echándole la culpa a Albert Hammond de todo lo que nos pasa. El pestilente sudoku ha quedado resuelto: boñigas de vaca, utilizadas como abono, a saber para cultivar qué. Menos mal que a muchos nos ha pillados resfriados. Los efluvios no procedían, pues, de la laguna Estigia, sino de una finca próxima a la ciudad. Llegamos a creer que el olor lo despedía el cadáver de la sociedad del bienestar, pues hace tiempo que no hemos coincidido con ella en el ascensor. Nos preguntábamos: ¿Y si el capitalismo ha sido víctima de un crimen perfecto, como en aquella novela de Agatha Christie, donde todos los pasajeros del vagón contribuyeron con una puñalada al asesinato del insoportable millonario? Bueno, perfecto hasta que llegó Hércules Poirot. Sea como sea, «el mundo ha cambiado, lo siento en la tierra, lo siento en el agua, lo huelo en el aire…».
Y si no hubiese sido tanta la hediondez, hasta nos haría gracia, pero lo escatológico tiene un límite, salvo para Cela, quien clasificó las ventosidades por orden alfabético, procedencia geográfica, y de mayor a menor. La Guardia Civil ha sido la que ha dado con el guiso de abracadabras. Si olía así, a qué sabrá.
Aferrándonos a lo bueno del asunto, tan enigmática fetidez nos ha permitido barruntar cómo debió de oler nuestra ciudad en el Medievo. Pero no, erudiciones olfativas aparte, este tufazo nos ha retrotraído mucho más lejos en el túnel del tiempo, a lo prehistórico, incluso al Big Bang. La situación empezaba a ser desesperada. Boñigas de vaca. Natural, mi querido Watson. Algunos tienen un gran olfato para los negocios, hasta demasiado. Pero si el ciudadano con una mano se tapa la nariz, y con la otra se aprieta el cinturón, ¿cómo podrá coger el móvil? Ya lo proclamó Kurtz: el olor, el olor…