LA GAVETA
La ciudad santa
Hace diez años que murió mi padre. Era viudo, vivió seis décadas en un cuarto piso de la avenida de España. Primero con su madre y hermanos, luego casado y padre de familia. Una vida menor, pacífica, marcada por un consejo insólito, que se aplicaba a sí mismo y difundía entre sus hijos. El consejo era que nunca tuviéramos ambición económica, que no perdiéramos el tiempo en eso.
Porque era mejor un vivir humanístico y sosegado, de estar en el mundo con curiosidad. Lo mismo para seguir el curso de la guerra de Vietnam que para contemplar el paso de un anciano por la calle. Todo valía para cumplirse como observador. Pensar y no tener prisa. Leer mucho y viajar si se podía.
Cuando él murió la ciudad se convirtió en un lugar misterioso. Hondo y cerrado, ardiente. Ya no había casa ni padres; ya solo había memoria. Y un vivir espectral: el que me encuentro cada vez que vengo. Entre el frío y la melancolía. Pero la melancolía se está disipando. Como inesperado premio que viene de quienes ya no están. En cuanto al frío, se ha convertido en sonrisa.
Es el proceso de la muerte, me dicen los que pasaron antes por ese trance. Al final los padres que se fueron vuelven, sobre todo desde los momentos más divertidos. En un entorno de humildad y de amor a la vida. Es la suya una muerte que trae vida. Y no lo digo en un plano sobrenatural.
Todo esto lo sentí en el camposanto de Ponferrada el otro día. Lo triste se volvió alegre. Así la vida que pasó se fortalece en los vivos, se convierte en un bloque de fuego. En ese traje de llamas que diría el gran poeta T.S. Eliot.
Fuego, vida, en mi caso Ponferrada. Ciudad a la que pertenezco, la ciudad del Sil y del Boeza. Urbe ya sagrada, que está y no está. Allí o en cualquier otra parte.
Caminaba por el cementerio, en la meseta de Montearenas. Miraba lápidas, reconocía nombres de personas de la Puebla de hace tiempo. Mucho tiempo, a veces. No muy lejos un nicho del otro, vi los nombres de dos amantes. Ambos casados y católicos, años sesenta. La difícil libertad bajo el régimen de Franco y los obispos.
Probablemente la madurez consiste en estar en la vida con una plenitud nueva. La añoranza se va, la memoria solo vale si nos enriquece. No si nos frena y obsesiona.
Salí del cementerio, bajé a la ciudad. La vida en todas sus formas. El campus, los hoteles, el parque, las calles, las tiendas. Las chicas, los adolescentes, los niños. Esa ciudad que conozco bien y que no conozco.
En el comienzo del año, me llaman de nuevo las raíces. Las personales, las íntimas. Y ahora aprendo a honrarlas con alegría. Porque la tristeza es un lujo para otras etapas de la vida. Ahora la alegría y la palabra. Ponferrada trae agua y trae pan. Trae camino.