Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Estos días epilogales de enero se cumple el medio siglo de la muerte silenciosa en Pamplona de Julio Senador Gómez (1872-1962), amortajado en las enciclopedias como el último regeneracionista. No sólo por su longevidad nonagenaria; su eclosión resultó también tardía. Senador fue notario, como Joaquín Costa y Blas Infante, pero sus limitaciones físicas le impidieron llevar su liderazgo más allá de los escritos. Había nacido en Cervillego de la Cruz, un pueblo mudéjar de la Tierra de Medina, y se estrenó como notario en Santa María del Páramo. Era 1903, faltaba mucho para que llegara al Páramo la prosperidad de los regadíos y «allí no había nada que vender ni que comprar por falta de dinero». Pero aquel año de la novatada le sirvió para descubrir la España campesina.

El grueso de su obra lo publicó en el ocaso de la Restauración, apaciguando el treno durante la dictadura de Primo de Rivera, que lo nombró asambleísta en 1927. A fin de evitar el compromiso sin molestar, recurrió al ardid de su impedimento físico (una poliomielitis infantil le había dejado secuelas de minusválido), pero le remitieron el carnet con la dispensa de acudir a Madrid, donde únicamente convenía su nombre. Para entonces, había recorrido unas cuantas notarías rurales de Castilla y León (de Santa María del Páramo a Frómista, pasando por Quintanilla de Abajo, Poza de la Sal o Cevico de la Torre, donde se casó) y ejercía en Extremadura. En su primer destino paramés firmó 26 documentos y apenas recaudó un salario de hambre: dos reales diarios. En Frómista escribió lo esencial de su obra: Castilla en escombros (1915), La ciudad castellana (1919), La canción del Duero (1919) y Los derechos del hombre y los del hambre (1928). Todavía hace veinte años un nieto suyo me regaló las primeras ediciones de estos libros, rescatados del desván familiar, con motivo de la publicación de una antología temática de sus artículos.

En el otoño de 1935, ya instalado como notario en Pamplona, dejó de publicar en los periódicos y se mantuvo en silencio hasta su muerte. En los años cincuenta, varado en casa por la enfermedad y por los abusos del tabaco, pergeñó un centón con teselas de su obra anterior y observaciones muy cautas de la actualidad, que tituló El hueso roído y permanece inédito. En él aplaude las políticas de repoblación forestal, mientras considera equivocado el monocultivo cerealista de la Meseta. Al cabo del tiempo, muchos de sus diagnósticos sobre los problemas de Castilla y León, como el aprovechamiento de las aguas, la erosión causada por la deforestación o el sistema de propiedad de la tierra, parecen anticipos de nuestras preocupaciones actuales. Pero los excesos retóricos han oxidado sus alegatos más de lo previsto.

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