TRIBUNA
MéritoGracia
En el mundo del revés nada el pájaro y vuela el pez… Estamos en una sociedad en la que uno puede llegar a director, incluso a director general de una gran empresa, sin haber superado en su vida la más elemental de las pruebas de aptitud, igual que puede convertirse en empresario del año sin haber tenido nunca una empresa o en presidente del Gobierno, diputado o senador sin haber leído nunca un libro.
Que esto es así, lo demuestra la realidad de los hechos. Sólo hay que darse un paseo por los comités de dirección de algunas empresas para comprobar que la prepotencia, la ambición, la falta de compañerismo o la simple mala leche sustituyen con creces al talento y como, en demasiadas ocasiones, el mérito y la capacidad no acceden a los hemiciclos ni a las plantas nobles de las sedes sociales.
En unos casos, porque la soberanía popular todo lo puede y en otros, porque como dice el refrán, quien tiene un «amigo» tiene un tesoro.
Hasta aquí todo «normal» en el mundo del revés. Ahora bien, aun considerando esto como algo inevitable, lo que la gente de bien no puede consentir es que quienes han accedido a la dignidad o al puesto que ocupan por caminos que nada tienen que ver con el mérito y la capacidad, se conviertan ahora, de repente y desde una posición de privilegio que les ha sido regalada, en fanáticos defensores de la meritocracia ajena, como si de una especie de bálsamo de Fierabrás se tratara.
Resulta patético oírles hablar constantemente de meritocracia cuando se refieren a los demás y paralelamente recurrir a la confianza para justificar decisiones que les afectan personalmente a ellos, a sus siempre admirados jefes, o a sus más incondicionales colaboradores. ¿Será que el mérito y la capacidad no son dignos de confianza?, ¿será que más que mérito y capacidad lo que buscan es sumisión, docilidad y una lealtad incondicional y mal entendida?, ¿o será, simplemente, que rodeándose de gente gris pretenden parecer ellos mismos más brillantes?
Cualquiera que sea la causa, a esta especie de «líderes», desgraciadamente cada vez más extendida, decirles que no nos engañan, que hablar constantemente de meritocracia, de ética o de igualdad no les convierte automáticamente en aptos, en éticos o en justos, que sólo si te rodeas de gente mejor que tú acabas siendo mejor tú y que, en una sociedad justa, el mérito y la capacidad no derivan del cargo sino justamente lo contrario.
Aunque desde mi punto de vista, el sistema de acceso a la función pública es, sin duda, el que mejor garantiza el principio de igualdad de trato y de oportunidades, no se asusten, no pretendo yo pedir que sea éste el que se imponga en el ámbito político o en la empresa privada. Dentro del respeto a la legalidad vigente, que cada cual organice su casa como mejor le convenga pero, por favor, sean mínimamente coherentes. No nos tomen por tontos. No presuman de aquello de lo que carecen. ¿No se dan cuenta que los hechos les delatan? En una situación de crisis como la que estamos viviendo, evítennos el bochorno de tener que aplaudir sus mentiras.
Si quieren meritocracia, meritocracia para todos y si quieren meritogracia pues adelante y nos reímos todos.