Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Parece que lo estoy viendo. «Oiga, ¿los buenos pasamos gratis?», preguntará a la taquillera ingenuamente más de uno en la puerta de nuestra Catedral. Pues no. Con santa aureola o sin ella, será igual para creyentes, agnóstico y ateos; por supuesto, con descuentos para jubilados, estudiantes y demás. La entrada individual costará cinco euros, y dos si va en grupo. Me parece una medida ejemplar para generar ingresos propios, cuando escasean los recursos públicos. «Oiga», insistirá ese listillo que siempre hay en las colas, «¿y sí sólo contemplo las vidrieras de reojo?» La taquillera tendrá que tener la paciencia de Job: «Como si es usted daltónico, señor turista, ¿acaso ir un día al cielo no le está costando ya lo suyo?». También habrá algún ateo que proteste: «¡Cinco euros, no puedo creerlo!». A ver. Ah, la fe.

Eso del gratis total ya sólo será posible allá arriba, en las alturas celestiales; pues allá abajo, en el Averno, dicen que se paga hasta la calefacción, y es obligatorio tenerla encendida a todas horas, incluso en agosto. Nuestro templo gótico es recorrido cada año por muchos miles de personas, que ahora con su entrada contribuirán a restauraciones y demás necesidades. Me parece una medida apropiada, tanto para justos como para pecadores. Después de todo, los de mi generación aprendimos con Sergio Leone que «La muerte tenía un precio». Y si la tiene esta, que es negra, ¿no ha de tenerla la contemplación de unos de los grandes destellos de Occidente?

Ah, la crisis. Y pese a todo, quizá un día nos enorgullezcamos de haber vivido en estos tiempos aciagos, en los que todo ha cambiado, como por un repentino golpe de timón. Al menos, lo esencial permanece intacto. El amor puede encallar, pero nunca naufraga. Si la vieja Pulchra pudiese hablarnos con palabras, ¿qué nos diría hoy, qué susurro de esperanza saldría de sus labios de luz y de piedra? ». Sí, tal vez en un futuro nos enorgullezcamos de haber vivido en estos tiempos difíciles. «Oiga», preguntará don Cándido, «¿mi ángel de la guarda también paga entrada?». Y la taquillera, que no ha de saber teología, pero sí latín: «No, pero pídale que antes de entrar pliegue las alas, no vaya a saltarle un ojo a alguien». Ah, la vida.

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