HISTORIAS DEL REINO
Ni a los muertos
Mientras las autoridades buscan indicios que justifiquen la profanación de la tumba de un joven de 19 años en el cementerio de la Virgen del Camino, se disparan los dardos de la lógica tratando de encontrar una explicación, siquiera perversa, a un acto vandálico de este jaez. Muy a menudo las respuestas llegan desde los archivos más sórdidos de lo humano, no sólo se deben a macabros rituales o tortuosas venganzas de linaje.
No faltan los gamberros, por supuesto, que despliegan su supuesto ingenio superando pruebas de rol a costa de romper lápidas, pisar cadáveres o jugar con las calaveras. Tampoco los perturbados, como el vallisoletano conocido como «el profanador de El Carmen» o «el Señor de la Muerte», que destrozó nueve tumbas en el 2004 y esparció los huesos por la ciudad para, en el 2010, reventar 58 sepulturas más y profanar cinco cuerpos separando las cabezas e introduciendo monedas en las calaveras, en un extraño ritual que sólo él conocía y que, supuestamente, se enraizaba en su convencimiento de gozar de la facultad de resucitar a los muertos, tarea a la que se dedicaba desde tiempo atrás. Alguien así debería de pasar su vida encerrado o bajo tratamiento psiquiátrico y vigilado muy de cerca, no libre cual pajarito porque se le considera «no culpable» debido a su desguazado cerebro. Total, hasta Leonardo da Vinci robaba muertos para conocer anatomía humana. Menuda comparación.
Locos aparte, existe otro complejo mundo que cada día gana más habitantes: el del profanador de tumbas que busca obtener rédito económico. Algunos de ellos, con total naturalidad, hasta relatan en internet qué comunidades autónomas, provincias, comarcas, pueblos tienen menor vigilancia. Incluso las formas de saber si tal o cual nicho o panteón merece la pena, pues basta con seguir el tamaño de las esquelas, el ringo rango del personaje, asistir al sepelio en directo y atisbar los posibles de la familia para deducir si merece la pena o no exhumar un cadáver. Dicen, afirman, que a veces, con un poco de suerte, los anillos, relojes, cruces, medallas o pulseras, bien estudiada la víctima y su entorno, hasta te pueden salvar el mes de las deudas o engrosar la cuenta un poco en estos tiempos de anorexia económica y social.
Finalmente, el último grupo de desalmados que recurren a la bajeza de robar a los muertos se centra en la venta de las placas de metal que identifican los restos, en las cruces o verjas del mismo material y en cualquier otro rastro de pecunio que vender a trapero de la descarnada realidad. No busquen pues grandes justificaciones o vendettas, aunque quizá las haya, para el suceso de la Virgen del Camino. En los tiempos que corren ni a los muertos se respeta.