TRIBUNA
Una revolución silenciosa
Ydigo «revolución silente», para no identificarla con la denominada «revolución tranquila» al estilo de Quebec o la «revolución silenciosa» de Islandia. Y es que, cuando en otra ocasión dije que revolución y democracia eran términos antagónicos y excluyentes se me dijo que eso no era posible. Y dije bien, pues aunque se quiera disimular y unir la subversión a la democracia, ello es imposible. Es bien conocido que algunos regímenes latinoamericanos se sustentan bajo el término de «revolución democrática» para disimular el concepto marxista de transformación de una forma «revolucionaria y no reformista» (Stalin); siguiendo lo que se decía en El Capital : «la violencia es la partera de toda sociedad vieja cuando esta lleva en sus entrañas otra nueva». Y los nuevos socialistas para no parecer ni violentos ni revolucionarios a la manera del siglo XIX, se apropian del término democracia y de forma silenciosa transforman o «revolucionan», lo que costó siglos en construir.
Y esa la idea de los marxistas, pues el final del Manifiesto Comunista decía Karl Marx: «los comunistas (…) abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse, derrocando por la violencia, todo el orden social existente». Dado que eso hoy sería imposible en el mundo occidental, se cambia la estrategia y, en España, a través de la democracia —y de una forma silente— revolucionan y suprimen instituciones milenarias de forma que destruyéndolas —digamos «democráticamente»— pretenden elevar al poder lo que los stalinistas llamaban «clase intransigente».
De tal forma que la izquierda que mantuvo el poder en España en los últimos años transformó una institución milenaria como es la familiar. Y lo que era en el Derecho Romano el status familiae , compuesto por el hombre (pater) y por la mujer ( mulier et miratus ), se convirtió —por arte de la democracia revolucionaria — en matrimonio del mismo sexo. Cuando se discutió la Constitución española de 1978, ya los socialistas pretendieron introducir una enmienda en la que se aplicara al matrimonio la afectividad y la sexualidad (Oscar Alzaga, 285) y que, al no prosperar, se la guardaron para reformar lo que la Constitución dice que es matrimonio («el hombre y a mujer»), se tergiversa y se añade que la institución puede ser entre personas del mismo sexo (art. 44 Código Civil). Además de producirse un uso alternativo del derecho, es un añadido indigno de aparecer por no estar registrado constitucionalmente. Tal unión pudiera estar amparada por nuestras leyes en otras instituciones (sociedad, comunidad de bienes, etc.) pero ni lo está en la Carta Magna ni en el acervo del derecho romano —y por tanto occidental— en que se basan las relaciones jurídicas contemporáneas. Es así como desde el voto silente se transforman —se revolucionan —las instituciones.
Lo mismo hemos de decir de la supresión de un derecho por el hecho de dar legalidad a la supresión del no nacido o nasciturus , al que el derecho romano prestó la correspondiente protección para el concebido que aún no había nacido ( nasciturus qui in utero est ), protegiendo los intereses de la futura persona; intereses que desaparecen al amparar la posibilidad del aborto, eliminando, con ello, los posibles derechos sucesorios. Y así lo tiene recogido nuestro Código Civil, al decir que «el concebido se tiene por nacido para todos los efectos que le sean favorables». Pero en nuestra legislación, por el efecto silente (léase Ley) se constriñe tal situación por los denominados derechos de la mujer que decide sobre tales derechos del nasciturus; con la ayuda de las ideas políticas de turno; y lo que es peor —como dice la exposición de motivos de la ley— «establecer las correspondientes obligaciones de los poderes públicos». O lo que es lo mismo meter las narices en las relaciones de libertad de los ciudadanos, tal como pretendía recientemente un periódico de los llamados progresistas, argumentando que los niños son del Estado en cuanto a la enseñanza se refiere, hurtando a los padres , tanto la enseñanza como los derechos de la nacencia. Ya no es el uso alternativo o divergente (Zorrilla) del derecho sino la silente revolución del Derecho.
Y poco a poco —sin necesidad de otras manifestaciones— se va minando el pensamiento de los ciudadanos vivientes y adoctrinando a los iniciados como si se tratara de una tenida masónica. No hace falta suprimir por ley las nociones del acervo cristiano en la Universidad; basta cambiar las tradicionales vacaciones de Navidad por la «vacaciones de invierno», o las vivificadoras de Semana Santa por las «vacaciones de primavera» (yo lo he visto). No digamos nada de la campaña de la izquierda contra el crucifijo en las escuelas, tildado de instrumento de agravio para los no creyentes o para los adictos a otras religiones. No es extraño que desde esta postura silente, se cumplan las palabras de Marx de que: «la religión es la queja de la criatura oprimida (…) es el opio del pueblo» . En el lugar de enseñar abiertamente la doctrina comunista, por si acaso el ciudadano se da cuenta, poco a poco —silente— se revolucionan los sentimientos para acceder más fácil a la manipulación de las conciencias.
Por si ello no bastara, se reclutan descontentos, previamente adoctrinados —y bien pagados, que en toda sociedad existen— y en nombre de lo que llaman pueblo, se dedican a exacerbar la calle, bajo la bandera de la «revolución democrática», lo que no es otra cosa que la mentira a que llamaba Unamuno la «oclocracia», o una soberanía de la muchedumbre que mientras grita, sus congéneres azuzadores cambian las normas para apoderarse del Estado en una revolución silente. Algunos ya nos hemos dado cuenta.