EL AULLIDO
Ferrari
El equivalente a una mujer de bandera, a una de esas mujeres por las que lo arriesgarías todo debido a que su perfume, sus caderas o su manera de fumar te han desplazado desde ti mismo a la locura, es un Ferrari. Como si de una procesión de belleza restringida se tratara, como modelos de pasarela que desfilan su hermosura ante nosotros diciéndonos sin decirlo «mírame y no me toques pero mírame», hoy, gracias al talento para la gestión y el márketing de Alfonso García y Alauto, una manada de coches de la marca Ferrari vienen a exhibir sus caros encantos al encantado León.
La oportunidad de ver tantos Ferraris juntos en nuestra ciudad —de algunos sólo hay dos modelos en España— es una delicia para los sentidos, alimento para nuestros sueños de opulencia, y también un modo crudo de hacernos recordar que el terremoto de la crisis está haciendo que se nos mueva el sueldo bajo los pies… Pero podemos ahora al menos ejercer como lo que somos, voyeurs, mirar Ferraris mientras se nos hace la boca agua y recordar dura y maravillosamente que lo nuestro es mirar, porque, lo de tener, le corresponde a otros con los bolsillos más hondos.
Un Ferrari en nuestro imaginario siempre será una mujer de bandera; una de esas bellezas de cine cuyo magnetismo las ha convertido en leyenda con causa. Pero también hay que decir que la injuria económica actual es tan abrasiva que casi nos extraña que sigan existiendo los Ferraris y las mujeres hermosas… Pienso en la combinación de un Ferrari, una mujer hermosa y la crisis, y me viene a la memoria la vida de Isadora Duncan, «la bailarina roja», mujer-jaguar que revolucionó la danza clásica de su tiempo, y los corazones de su tiempo. Isadora Duncan tuvo una muerte a la altura de su vida: vestida con un largo chal azul salió de su reluciente coche, al cerrar la puerta el chal quedó enganchado, y, cuando el chofer arrancó y se fue, arrastró a la inolvidable Isadora rompiéndole el cuello… ¡Fue así su último baile!
Ferraris en León vienen a pasear su belleza clasista por estas calles nuestras, por estas vidas nuestras, para que tengamos una nueva sensación de quiero y no puedo. Los Ferraris de colores vivos y diseños vanguardistas y sonido patentado inconfundible pasarán ante nosotros como si fueran sueños. Y nuestro deseo volará. Y daremos las gracias ebrios de placer como los muchachos del poema de Cesare Pavese que se masturban dando gracias a Dios…
Y miraremos esos coches inaccesiblemente hermosos. Y el que sean inaccesibles y los tengamos tan cerca nos hará sentirnos tan elevados, tan felices, como líneas que interrumpen el cielo…. Alfonso, hoy por aquí sí hay alguien... Gracias.