Diario de León
Publicado por
Isidoro Álvarez Sacristán. Jurista
León

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En alguna ocasión se dijo que había comentado Fraga: «la calle es mía». Él lo desmintió muchas veces, por entender que ni la calle es de la policía ni es de los pancarteros, ni abanderados; la calle es de los paseantes, de los niños, de los recaderos, etc. Pero desde que en el año 1902, publicó Georges Sorel los Ensayos sobre la violencia , la calle es de los huelguistas. Pero al parecer no ha pasado más de un siglo para decidir sobre las reivindicaciones sociales y creíamos que la democracia había conquistado la paz. Pero ello no es así y siguen vigentes (alguien ha tenido la delicadeza de revivirlas) las propuestas de Sorel de que no hay que hacer caso a los procedimientos de discusión de los políticos que hay que dejar a un lado «para apreciar el alcance de la huelga general» (pg. 185) que es la que contiene la doctrina socialista. Acabáramos. No es el poder de la urna ni del voto, ni de la idea, ni del empleo, sino el poder de la calle.

Hace ya alguno años, en estas mismas páginas y bajo el seudónimo de Mansilla (Diario de León 26.11.1980) se publicaba una análisis sobre lo que se llamaba ««quinto poder»», que se decía que era una caldera sociológica que presionaba sobre la justicia , que toma la calle y que es «un poder no constitucionalizado, pero admitido hasta un determinado nivel de agresión», y seguíamos diciendo en La Justicia y su eficacia , que estas manifestaciones de las minorías en las calles provocan incidentes y coartan la liberad de los demás, siembran el terror ciudadano; la autoridad —el poder ejecutivo— no puede o no quiere intervenir; los jueces —el poder judicial— no actúa por falta de denuncia; el poder legislativo está lejos o en otros quehaceres; el cuarto poder —medios de comunicación— se divide : jalea o critica. En fin, que la manifestación es una realidad. Pero no se trata de una manifestación que emerja de una realidad social sino de una influencia ideológica. En ocasiones —como la acampada de Botines o de la Puerta del Sol— se proponen absurdos y utópicos proyectos. Se nombra al pueblo desde el cual se dice que se habla y que se representa. (Ya he dicho en varias ocasiones que cuando oigo la palabra pueblo, me echo a temblar). Quien así se manifiesta de una forma anárquica y desordenada es imposible que hable en nombre de la democracia sino al son de la oclocracia. Como decía Alain Touraine sobre el movimiento estudiantil de Francia en 1968, se trata de «una antisociedad se opone al orden social dominante».

Este poder, puede llegar a tener realidad si el Ejecutivo —que al fin y al cabo es el dueño del Boletín Oficial— acoge alguna de las propuestas y las lleva al Parlamento, pues sin ese paso es imposible ordenar ni ideas ni propuestas. Pero no hemos de olvidar que el artículo 1º de la Constitución, dice que la soberanía nacional «reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado», de tal forma que sin poder no se puede manifestar la soberanía y que ésta se proyecta a través de los partidos políticos (art. 6 C.E.). De modo que aceptada la propuesta de la anarquía utópica —y siempre desde la izquierda que reniega del sistema— se deslegitima la división de poderes e incluso al Parlamento donde se llevan las propuestas y allí, por lo visto, la única misión que se tiene es aplaudir.

Y lo mismo pasa con otro poder encubierto o grupo de presión, cual es el sindicato. Bajo el manto de que los sindicatos está regulados en al Constitución —art. 7— y de que contribuyen a la defensa y promoción de los intereses económicos y sociales que les con propios (lo mismo que las asociaciones empresariales), presionan en cualquier ámbito de la sociedad o forman un lobby ante las instituciones (cajas de ahorro, organizaciones, etc.), a veces propugnando intereses que ¡¡¡no!!! les son propios. En otras ocasiones esas mismas organizaciones son las que pactan unas leyes a instancias del ejecutivo y se llevan —tal cual— al Congreso de los Diputados y éste se dedica, como siempre, a aplaudir, habiéndosele hurtado la misión de «ejercer la potestad legislativa». En caso contrario queda la calle y el profeta Sorel. Una vez más las Cortes Generales —poder legislativo— al son de las decisiones de órganos o entidades extraparlamentarias, casi siempre bajo los auspicios del poder ejecutivo. En el caso de la decisión sindical se acerca a un estado que algunos denominan socialsindicalismo.

Estos sindicatos que quiérase o no tienen una ideas más viejas que las cercas (como decimos en León) y que siguen teniendo en sus estatutos (véase la página web de UGT) expresiones como «sociedades de resistencia», «inferioridad jurídica», «orientación revolucionaria», «penuria proletaria», etc. La otra central (CC.OO.), más moderna, pretende revolucionar el sistema constitucional, bajo las ideas de «autodeterminación de los pueblos», «estado federal», «sociedad socialistas», etc. (además con las subvenciones de nuestro dinero). En fin, fuera del sistema. Y cuando todos los «ismos» se alían en la calle puede pasar cualquier cosa, cosa revolucionaria, como quería Sorel que fuera con el germen de la violencia. Nos lleva a la propuesta de la huelga general que lejos de solucionar los posibles defectos de la democracia, empeoran la situación de los trabajadores. Al final pasará lo que hacía decir Arniches a Marcos en Es mi hombre : «…hoy no trabajamos para celebrar el éxito de la última huelga»

Cabe concluir que el olvido de la división de poderes y la asunción de las decisiones por uno solo, se ausenta de la democracia como valor sociológico de la convivencia, ante la aparición de extraños poderes que la contaminan y subyugan. Es una política espuria y que, como decía Ortega y Gasset «…se arrastra invertebrada… (entregada) al imperio de las masas».

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