FUEGO AMIGO
Nostalgia en las ondas
El adiós de José Luis Pérez Perelétegui, antiguo radiofonista y primo de Umbral que esta semana se despidió para siempre, abrocha la clausura de un tiempo que se escurre. Los cincuenta del siglo veinte. Yo pertenezco a la generación de la galena, aquel artilugio de internado que se conectaba a las alambres del somier y nos traía la voz opaca, altanera y gótica de Francisco Umbral, la voz frutal y berciana de Luis del Olmo, la voz sonora e implacable de Victoriano Crémer o la salmodia ronquilla de Bernardino Martínez Hernando. Umbral y Luis del Olmo nos llegaban desde Radio Falange, que ya para entonces se llamaba La Voz de León . Era una de las tres emisoras de la ciudad, la que transmitía los desfiles patrióticos de Papalaguinda con más fervor castrense. En aquellas ocasiones solemnes se descifraba el misterio de siglas de su indicativo, cuya rotundidad agitaba las vigilias de nuestra frágil adolescencia: Rem-Car.
Umbral hacía lirismo con la cenceña que vestía el orteguiano paseo otoñal peraltado sobre el río, mientras la voz de Luis del Olmo iluminaba las propagandas rimadas del comercio de la plaza. «Camisas como las de Sabugo, jamás en León las hubo». Y cosas así. Victoriano Crémer leía sus cartas a la tía Federica, donde daba un sesgo chusco a los sucesos más encopetados y don Bernardino ponía en Radio Popular el contrapunto al bordoneo vespertino del rosario en las ondas. Entonces todas las emisoras tenían un indicativo solemne y un nombre más pedestre, por el que eran conocidas y mencionadas en la calle. La otra emisora era la del obispo y todo el mundo la llamaba indistintamente radio bonete o radio jaculatoria, aunque en las proclamas de fin de jornada el locutor de turno nos recordara cada día su nombre y pertenencia a la Cadena de Ondas Populares Españolas.
Eran los primeros años de la década prodigiosa y Francisco Umbral salió despedido para Madrid por un conflicto con los pololos falangistas del Círculo Medina, dejando a la ciudad fría y gótica el legado literario de su Crónica de las tabernas leonesas . Luis del Olmo abandonó también la emisora siguiendo el rastro enamorado de una locutora, mientras don Bernardino padecía las asechanzas de sus compañeros de sotana, que le quitaron por sorpresa clases eclesiásticas, cine forum parroquial y micrófono. Sólo Crémer, a lo suyo, y Perelétegui entretenido con los toros, permanecieron en la ciudad, jubilados de las ondas, aunque activos en el periódico y en la socarronería. Aquella radio de la nostalgia adolescente la jubiló la libertad. Vino luego la radio informativa, la radio empanadilla caricaturizada por Martes y Trece, el empalago tertuliano. Más tarde, la profusión de postes y frecuencias, un paisaje herciano marcado por su arrimo al poder.