EDITORIAL
Un año en el tren del pasado
Fue sólo un gesto. Pasó el último tren capitaneado por la legendaria Mikado , unos operarios cortaron la barrera con la radial y una selección de políticos se echaron al hombro el metal para retirarlo. Luego se oficiaron las solemnidades de rigor. A la cita histórica faltó —esa misma mañana se había recrudecido el conflicto libio— Zapatero, «quien lo ha hecho posible con su trabajo y su empeño», dijo su sustituto José Blanco, ministro de Fomento, embutido en un chaleco reflectante y protegido el rigor del sol con un casco blanco. «Será un recuerdo imborrable», prometió el entonces alcalde de León, Francisco Fernández, mientras el consejero Antonio Silván exigía que el AVE también llegase al Bierzo y además lo hiciese cuanto antes.
Nadie podía imaginar aquel 18 de marzo que un año después no sólo eso sigue siendo improbable, sino que además no hay fecha concreta para que la alta velocidad llegue a León y la integración ferroviaria, que era la razón de aquel gesto que emocionó a generaciones de leoneses, es sólo un proyecto guardado en un cajón a la espera de los 300 millones que habrían de generar las plusvalías del suelo liberado por la ordenación ferroviaria.
Con la supresión del paso a nivel, el levantamiento de las vías y la prolongación de Ordoño II León creía derribar el muro invisible que durante 145 años había dividido de la vida de la ciudad y de sus habitantes. Sin embargo, ya sin barreras, esa reconciliación no ha sido posible. Y no parece que vaya a serlo a corto plazo.
La crisis segó esas ilusiones. El Crucero sigue siendo lo que era, si acaso sin el silbido del tren. Y La Sal y La Vega vieron frustradas la expectativas de desarrollo urbanístico que los sacaba de la marginalidad. Sólo las obras del futuro Palacio de Congresos mantienen el pulso y alientan una cierta esperanza. Apenas una pizca. Nada que ver con la de aquel 18 de marzo del 2011 cuando León cogía el tren del futuro... para quedarse parado en el pasado.