Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Vivimos enfangados en una sociedad espectáculo que nos ahoga sin que nos demos cuenta. La vida se ha vulgarizado hasta límites que hace menos de cincuenta años habrían parecido ciencia ficción. Algunos de los grandes escritores leoneses denunciaban el domingo en El Filandón esta espiral de trivialidad a la que ha conducido un ‘progreso’ social fundamentado en el conformismo y el determinismo histórico. Ya no hay una idea moral para vivir, con lo que todo está permitido. Relativismo ético, relativismo social, relativismo político y, por lo tanto, relativismo cultural. Evasión en lugar de reflexión, artificio en vez de profundidad, experiencias vicarias que sustituyen a la vida.

«Yo no escribo para entretener, escribo para hacer reflexionar». Con esta frase, Julio Llamazares ponía la frontera entre los dos mundos: el de la representación y el de la erudición, entre quienes buscan soluciones fáciles y cuantos saben que una respuesta siempre es el pie para una nueva incógnita. Sólo en una sociedad así puede entenderse que una provincia como León siga subvencionando el opio por excelencia. Lo siento por los jugadores de La Cultural —vaya burla de nombre— que, por supuesto, deben recibir todo lo que se les debe, pero resulta obsceno que la administración siga subvencionando clubs deportivos mientras el polvo de la miseria asfixia el país.

En medio de todo este ruido habría que preguntarse qué significado tuvo la construcción de un campo de fútbol para un equipo que hoy ha trepado a puestos de cuarta y entonces seguía sumergido en tercera... un monumento al absurdo que es en realidad un panteón para el cadáver ciudadano porque en esta falsificación democrática hemos aceptado volver a la servidumbre y nos limitamos a aceptar lo que nos dan: panem et circenses , pan y circo; desentendidos de nuestra propia vida, hace tiempo que abdicamos de la responsabilidad, dejando que alguien tan poco digno como nosotros mismos decidiera acerca de nuestra vida... «El escritor siempre es un marginal», sigue Llamazares, pero cada vez hay menos intelectuales. Me pregunto si sería posible que en medio de toda esta irrelevancia surgiera alguien como Emile Zola y me veo contestando, casi sin pensar, que no, que ese espacio, hoy, lo ocuparía una anécdota como Boris Izaguirre. O, peor, Javier Baena.

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