Diario de León
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Y la dejó pagada

El martes se reunía después del receso invernal la Venerable Cofradía de Camposagrado que desde el siglo XVI se junta los primeros martes de mes para rezar con Nuestra Señora y hacer realidad la fraternidad cristiana, dando vida a este noble santuario enclavado en el corazón del viejo Reino de León, a escasas leguas de su capital. Como marcan los estatutos, cada mes, por riguroso turno, preside los cultos uno de los hermanos sacerdotes y da la comida otro hermano, un menú que no se varía desde ese lejano siglo, pues todos somos iguales ante Dios, en la Misa y en la mesa. Pues bien, ese día le tocaba al hno. D. Germán de Castro Riero, párroco emérito de Otero de las Dueñas y que fallecía el día anterior. El menor de los problemas era sustituirle, bastaba correr el turno y asunto arreglado; la sorpresa llega cuando el abad comunica que ya había dejado pagada dicha comida. No podía ser menos.

Y es que D. Germán cumplió, siempre de forma tranquila, con sus devociones y obligaciones hasta el final de su vida. Una vida que comenzó, humana y cristianamente, en Prioro un 16 de julio de 1930 y que ponía su «punto y seguido» en esta tierra el lunes para continuar en la eternidad, después de 58 años y 6 días de vida sacerdotal, dedicados 39 años largos a servir las parroquias de Otero de las Dueñas, la Magdalena, Garaño, Piedrasecha y otras parroquias de Omaña-Luna. Muchos de sus feligreses y un buen número de sacerdotes estuvieron con lágrimas en los ojos en su Misa exequial en la parroquia de Jesús Divino Obrero de León; incluso hasta los fenómenos atmosféricos participaban: el viento se lamentaba con su partida soplando fuerte en Camposagrado, al tiempo que el sol anunciaba alegría en el reino de Dios. Es el sabor agridulce de la muerte de todo cristiano.

Porque D. Germán, ante todo, fue eso, un cristiano sencillo, recio y fiel, que respondió a la llamada de Dios abrazando la vida sacerdotal y siendo sacerdote, sólo sacerdote y siempre sacerdote. Su vida respondía a tres sencillas claves: conocer, querer y rezar. Una tarea que durante años compartió con otro gran sacerdote con el que seguramente a estas horas goza de la alegría de la pascua eterna: D. Esteban González Morán, párroco de Carrocera. Por eso hoy sólo cabe decir: Gracias, D. Germán, porque ha querido y sabido ser mensajero de paz y de consuelo, sembrando gotas de Evangelio en todos los acontecimientos de esas benditas tierras de Omaña y Luna.

No creo que sea fácil permanecer tantos años, porque así te lo ha pedido la Iglesia, en el mismo sitio y querer y ser querido con tanta fuerza, vitalidad y frescura, pero tú lo has logrado y nos has enseñado, a los que estrenamos nuestro sacerdocio a tu lado y a los que han convivido contigo con él ya maduro, a saber confiar en los demás, a mirar con cierta sorna y fino humor las persona y los acontecimientos, a saber relativizar situaciones, a descubrir lo mejor de cada uno y a trabajar por mejorar esta tierra, sin hacer ruido, confiando en que Dios era quien debía juzgar y premiar si cabía. Que Dios te sepa pagar, como sólo Él sabe, tanto desvelo, esfuerzo y trabajo por tus gentes y te llene de gloria en tu presencia con Santa María de Camposagrado y con todos los santos pastores. Hasta pronto, hasta el cielo. Cristo te dé la vida y te reciba en su amistad.

Juan Carlos Fernández Menes. SECRETARIO DE LA COFRADÍA DE CAMPOSAGRADO

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