TRIBUNA
Rousseau aún
Se cumplen trescientos años del nacimiento del brillante escritor ginebrino Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Si tuviera la posibilidad de una segunda existencia entre nosotros, su representación de la sociedad tendría los mismos rasgos que aquellos que le empujaron a escribir El Discurso sobre el origen de la desigualdad y El Contrato Social . Como la nuestra, fue la suya una época de profunda crisis del sistema y de descomposición institucional. Su obra y su personalidad, a pesar del tiempo transcurrido, siguen fascinando a quien se asoma a sus más de 16.000 páginas escritas en una prosa envidiable, la mayoría sobre temas que ocupan hoy el centro de nuestra atención: la libertad, la igualdad, los derechos individuales, la educación, los peligros de un progreso aparente, la corrupción… Es verdad que, hoy, las ideas circulan a la velocidad de la luz, pero frente a nuestra mirada digital, fragmentada y dispersa sobre el mundo, la mirada de Rousseau busca un sentido, una dirección para la humanidad.
Sin embargo, en la vida de Rousseau hay zonas sombrías y posiciones que le granjearon resueltos enemigos personales. Sombras que hoy día siguen suscitando una pregunta sin respuesta definitiva: ¿Quién fue Rousseau? Un cerebro chiflado, se apresuraron a decir sus enemigos, al poco de triunfar en el mundo de las letras. Un profeta de los tiempos modernos, afirman sus partidarios. Un padre que abandonó a sus cinco hijos y sin embargo se convierte en pionero de la educación. Protegido de Malesherbes, el ministro de Luis XVI, fue sin embargo el maestro de aquellos que decidieron la ejecución de ambos.
Rousseau fue un hombre contradictorio y paradójico, como suele ocurrir a los seres humanos. Pero en su empeño en llegar al fondo de la injusticia y la desigualdad, no dudó en señalar la propiedad privada sin límites como el factor desencadenante de los males que afligen a la sociedad: odio, resentimiento, venganza, pobreza y sumisión. En medio de las turbulencias que vivió en París y en Ginebra, tuvo la claridad necesaria para plantear el problema capital que también es el nuestro hoy: conjugar la igualdad y la libertad, y asignar el alcance exacto de la propiedad, pues este es el nudo de toda organización que pretende ser civilizada. Son innumerables los lugares de su obra en las que busca la solución hasta encontrar la proposición decisiva para desarrollar una sociedad verdaderamente humana: «sustituir el instinto de codicia por la justicia». A partir de aquí, comenzaron sus infortunios pues, como ahora, también entonces había una igualdad «aparente e ilusoria» que mantenía al pobre en su miseria y al rico en la usurpación. También entonces, los detentadores de la riqueza convertían sus privilegios en principios de la existencia social, en normas y en instituciones jurídicas. También entonces, operaban mafias que provocaban hambrunas para subir el precio del grano. Tan pingües eran sus beneficios que el rey Luis XV no solo no las prohibió sino que fue un importante accionista en ellas.
Así, testigo de la descomposición del Antiguo Régimen y detectado su origen, Rousseau se mueve hacia la reconstrucción del cuerpo político y social. En esa dirección, va gestando El contrato social, la obra que ha dejado la huella más perdurable y el influjo más extenso. De su denso contenido, tal vez merezca la pena resaltar su idea central, nada impropia en este momento: el poderoso suele ofrecer al débil un pacto de sumisión: tienes derecho a la vida si te avienes a mis normas. Ese es un pacto deslegitimado porque «ningún individuo puede abdicar de su libertad y transferirla a otros». El pacto solo puede ser justo desde la libertad y la igualdad de todos los que componen el cuerpo social, regido por el principio indiscutible de que «todo hombre tiene derecho a todo aquello que le es necesario para subsistir». Por eso, en el modelo social que resulte no habrá «ningún ciudadano tan opulento que pueda comprar a otros y ninguno tan pobre que se vea obligado a venderse».
Pero, ¿cómo formar buenos ciudadanos, bien dispuestos para pacto social, en una sociedad que corrompe y pervierte? Es la misma pregunta que nos hacemos hoy. La respuesta de Rousseau es su libro Emilio o la educación que, aunque acabó condenado a la hoguera, las llamas no le privaron de un considerable éxito de lectura en su época ni de la actualidad que hoy conserva. Es una utopía educativa; pero una utopía necesaria para refutar a quienes se empeñan en justificar la opresión y la sumisión como precipitados de la naturaleza humana. El adulto Emilio demostrará que la naturaleza no crea opresores quizá porque, como dirá Ortega, «el hombre no tiene naturaleza, tiene historia». Su Emilio está lleno de aciertos y de errores insensatos, de hondas y precisas observaciones sobre la condición humana junto a posiciones inaceptables como las referidas a la mujer. Pero, en medio de todo ello, sobresale una tesis que también le aproxima a nuestro deseo: formar la personalidad de los niños y jóvenes de tal modo que cuando entren en contacto con una sociedad perversa sean capaces de resistir y vencer su perniciosa fuerza.
En nuestro tiempo, deseamos buenos ciudadanos, pero preferimos que concluyan su formación bien armados para batirse con éxito en un mundo regido por la competitividad y no tanto por la competencia. Es decir, a la hora de delimitar la mejor educación, nos sentimos en el vértice de una contradicción que, siendo muy antigua, Rousseau nos la acercó tanto que su utopía sigue siendo la nuestra. Pero hoy como ayer, el funcionamiento real de la sociedad constantemente lamina los esfuerzos del profesorado. Si el horizonte de la institución educativa es la formación de individuos autónomos y libres, capaces de integrarse en el sistema productivo sin perder su identidad, el horizonte de la institución económica es la sumisión de esos mismos individuos al sistema: productores y consumidores. Sin más. Llegados a este punto, no nos preguntaremos «cómo» sino simplemente si es posible educar a los individuos como todos desearíamos. El mercado nos impide creer que sea posible, pero los profesores han de trabajar cada día con cada alumno como si lo fuera.
Murió en 1778. Once años después estalló la Revolución Francesa.