LA VELETA
Segunda recesión
Es certera la impresión de que España está siendo conejillo de indias al que se aplican terapias insólitas para auspiciar la salida de la crisis. Porque la nueva ortodoxia de matriz germánica que se ha improvisado desde el 2008 encierra una indisimulable y evidente contradicción: la teoría económica clásica desaconsejaba las consolidaciones fiscales en períodos recesivos, no sólo porque las medidas procíclicas acentúan la contracción de la actividad económica sino porque el objetivo de la estabilidad presupuestaria puede resultar inalcanzable por el efecto de un principio simétrico al de la célebre curva de Laffer: si se suben los impuestos en un sistema económico deprimido, se reducirá la recaudación. De momento, las proyecciones que se publican —FMI, Comisión Europea, Ocde— desconfían de que España sea capaz de cumplir sus propias previsiones de déficit.
A ningún observador atento se le habrá escapado la confusión del FMI al referirse a España e Italia en la cumbre celebrada este pasado fin de semana en Washington. El Fondo ha reiterado que el ajuste fiscal «a medio plazo», dos o tres años, es necesario en Estados Unidos y en Europa para lograr un crecimiento sostenible, pero ha matizado que la recuperación, que se retrasará aun «dos o tres años», requiere de estímulos que compensen la austeridad. Así lo ha afirmado Tharman Shanmugaratnam, presidente del Comité Financiero y Monetario del FMI y ministro de Finanzas de Singapur. En concreto, el comunicado señalaba que «alcanzar una consolidación fiscal creíble» exige «más acciones» por parte de «muchos países» de la vanguardia económica. Éstos, sin embargo, deben «evitar medidas excesivamente contractivas», para no dañar la «fragilidad» de la recuperación que están experimentando.
En otras palabras, se recomienda a España que lleve a cabo la consolidación fiscal pero sin pasarse. Lo cual produce franca perplejidad: ¿qué se quiere decir al aplaudir la austeridad y alertar al mismo tiempo sobre sus efectos destructivos, que incrementarán la recesión? ¿Acaso es posible realizar severos ajustes y dejar de hacerlos al mismo tiempo? Todo esto confirma el temor de que la severa Alemania esté improvisando al forzar una absurda salida hacia delante tan sólo atenta al déficit y la inflación, sin ver que Europa no es un marco de indicadores macroeconómicos sino una sociedad doliente que necesita terapias complejas diseñadas desde las instituciones comunes. Porque lo cierto es que la UE cerrará este año en recesión, con una contracción del 0,3%, y apenas crecerá un 0,9% en el 2013. Los eurobonos podrían acotar el problema de la deuda soberana en España e Italia; el BCE debería financiar planes expansivos. Quizá el cambio en Francia, sin se consuma, sea capaz de lanzar estas propuestas con sus correspondientes debates necesarios en el seno de la Unión. Porque en la dirección actual, España e Italia difícilmente podrán salir del realismo pesimista que les embarga.