Diario de León
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MÁXIMO CAYÓN DIÉGUEZ. CRONISTA OFICIAL DE LA CIUDAD DE LEÓN
León

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El último domingo de abril de cada año, el claustro de la Basílica Colegiata de San Isidoro se torna escenario de la tradicional fiesta del Foro u Oferta, conocida popularmente como Las Cabezadas, en cuyo transcurso las tesis de la ciudad, que defiende el síndico municipal, y los argumentos del Cabildo Isidoriano, que sostiene el capitular colegial, devienen en ostensible desencuentro. Y es que si la ofrenda del cirio de arroba bien cumplida y las dos hachas de cera que el Corregimiento ofrece a San Isidoro representa para la municipalidad una oferta voluntaria, para el Cabildo Isidoriano no es otra cosa que una obligación manifiesta. Siempre ha sido así. Y así seguirá siendo.

Todo comenzó en pleno siglo XII, concretamente, en 1158. Una pertinaz sequía asolaba los campos leoneses. Y, ante la gravedad de la situación, se volvieron los ojos al Doctor de las Españas, en concreto, hacia el arca que preservaba sus santos restos. Y sacándola en rogativa, el cortejo procesional llegó, «casi dos millas fuera de la ciudad», exactamente a Trobajo del Camino, donde los presbíteros portadores realizaron un descanso. Allí, hizo acto de presencia una lluvia abundante y bienhechora. Y fue tan pródiga que ni los más fornidos mozos fueron capaces de levantar las andas de las sagradas reliquias cuando quisieron reanudar la andadura, atascadas como estaban en el suelo.

El hecho, tomado por unos como prodigio, y por otros como comedia de clérigos, llegó a oídos de Doña Sancha, hermana del emperador Alfonso VII. La regia dama, como refiere Lucas de Tuy, «se fue luego a gran prisa para aquel lugar donde el santo cuerpo estaba; y al tiempo que así vino la reina, la comunidad y vecinos de la ciudad de León hicieron juramento solemne de nunca más sacar el cuerpo santo de su iglesia, si él tuviese por bien de ser tornado a ella (…) y los pueblos vecinos todos los que allí estaban prometieron para cada año para siempre jamás cierto censo a San Isidro, si como es dicho quisiese ser tornado a su iglesia». Y añade el canónigo regular de San Isidoro: «así como la reina (se refiere a la citada Doña Sancha, tía de Fernando II, monarca reinante), con sus manos tocó las andas en que estaba el santo cuerpo, luego se movió de aquel lugar, y todos tuvieron tan temor y se espantaron de verlo, y por voluntad e inspiración de nuestro Señor se llegaron luego allí cuatro niños chiquitos y levantaron las andas, las cuales cuatro hombres muy valientes, apenas podían levantar…». Y, a mayor abundamiento, señala lo siguiente: «En aquel lugar adonde así el cuerpo santo se había hecho inmoble hicieron los pueblos una devota ermita en honor del glorioso confesor que llaman San Isidoro del Monte, donde muchas veces suelen ir las gentes en sus necesidades…». Subrayemos, a modo de curiosidad, que Matías Díez Alonso ha situado la ubicación de este desaparecido eremitorio en el altozano de la carretera que sube al cementerio de la localidad trepalense. Hasta aquí, pues, de modo resumido, el origen del foro u oferta que la municipalidad legionense y el cabildo isidoriano defienden, cada uno según sus convicciones, sin concesión alguna. Como manda la tradición.

En el capítulo XXXII de Las Políticas Ceremonias del Marqués de Fuente Oyuelo, se habla con detalle de esta fiesta de San Isidoro, «Patrono de este nobilísimo Reino», un acto previamente concordado por las legacías municipal y canonical, que, actualmente, se visitan los días previos al último domingo de abril con muestras de exquisitas cortesías y atenciones. En siglos precedentes, el Foro u Oferta se celebraba el 4 de de abril, fiesta de la traslación de los restos de San Isidoro desde Sevilla a León. La fecha coincidía con frecuencia con las festividades de la Semana Santa. Por eso, se fijó su realización el jueves después de la Octava de Pascua, día festivo, una decisión que la imaginación popular sancionó de este modo: «El jueves después de Pascuilla, San Isidoro, niña». Actualmente, y desde 1972, esto es, hace ahora cuarenta años, por acuerdo de ambas partes, la fiesta de Las Cabezadas, salvo excepciones muy puntuales, como sucedió el pasado año, se lleva a cabo, como dije al principio, el último domingo de abril.

La citada dominica, muy cerca del mediodía, la Corporación Municipal acude a la Basílica de San Isidoro «en forma de ciudad». Y lo hace llevando el cirio de arroba, ilustrado con la imagen de San Isidoro y el escudo de esta antigua Urbe Regia, y las dos hachas de cera. Otras dos de éstas, como limosna, de conformidad con el protocolo secular, ha entregado antes en San Marcelo, al pasar delante del templo del Santo Centurión. En la plaza, que abarrota un público abigarrado, la Corporación se detiene. El Cabildo Isidoriano sale en aquel momento del templo, acompañado por los miembros de la Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, fundada en 1147 por el citado Alfonso VII. Requerido por los emisarios municipales, que van en su busca, el abad, que espera ya en el atrio, acude al encuentro del Corregidor. Se cambian e intercambian los saludos de rigor. Luego, del brazo, ambas autoridades, a la vez que se interpolan canónigos y ediles, se encaminan al interior de la Basílica. Su destino es el claustro.

Allí, antes de la Eucaristía, y después de la procesión que se realiza por aquel espacio conventual, se lleva a término la ceremonia del Foro u Oferta. El síndico municipal, en sus tres intervenciones, expone con ardor que la ofrenda es voluntaria, se mire por donde se mire. Por su parte, el capitular, en otras tantas intervenciones, alega con energía que, se vea como se vea, es voto u obligación. Las alocuciones, salpicadas de gracia, ingenio y agudeza, se tiñen también de socarronería. No hay acuerdo, por supuesto. El hecho se refleja en las actas correspondientes. Y hasta el año siguiente.

Finalizado el oficio religioso, salen concejales y canónigos y en el pórtico se despiden con un apretón de manos. Para entonces, el público ha ocupado ya las afueras del templo. Y comienzan Las Cabezadas, propiamente dichas. Las inclinaciones pertinentes se realizan una vez que el Corregidor golpea el suelo con el bastón y la Corporación Municipal se vuelve hacia el templo isidoriano. En 1941 se adaptaron los antiguos ceremoniales a la configuración actual. Su autoría se atribuye a D. Mariano Domínguez Berrueta. De acuerdo con dicho protocolo, al llegar a la mitad del atrio, la Corporación se vuelve para hacer la primera «cabezada» al Cabildo, que corresponde de igual forma. La segunda reverencia se realiza cuando la Corporación alcanza el límite del atrio y el Cabildo se halla en la mitad de dicho espacio. La tercera tiene lugar así que la Corporación alcanza la altura de la fuente de la plaza y el Cabildo el límite del atrio.

Tras esta última «cabezada», entre el regocijo popular, el Corregimiento inicia el camino de regreso a las Casas Consistoriales, dicho a la vieja usanza. Y el Cabildo Isidoriano retorna a sus rezos y a su claustro. Ninguna de las partes ha perdido. Y, por su parte, la tradición, que atesora más de ocho centurias, tampoco.

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