TRIBUNA
Derecho a la vida y al honor
El caso de una hermana de la Caridad que salvó una vida y se la está difamando invita a reflexionar sobre el derecho a la vida y al honor en una sociedad, donde no se respetan a veces los derechos humanos y se dan informaciones morbosas. El derecho a la vida está recogido en el art. 3 de la Declaración Universal de los Derechos humanos y su regulación ya era incipiente en Derecho Romano, que consideraba persona con derechos si había nacido viva. Prescindiendo de la definición filosófica, su defensa se incluye en el 5 mandamiento de la ley de Dios, por lo que la Iglesia Católica condena el aborto con excomunión en el canon 1398.
El derecho al honor, muy defendido en la Edad Media y en las sociedades del Antiguo Régimen en la Edad Moderna, se ha protegido últimamente hasta comprender a la propia imagen y la intimidad personal, incluido el derecho a la protección de datos. Esto que está recogido tanto en la Declaración de Derechos Humanos, como en la legislación de la mayoría de las naciones, sólo sirve en la práctica para cierta clase de personas y los que pueden pagar buenos abogados. Ya no vale lo que se ha atribuido a don Quitote «con la iglesia hemos topado», que se refería a una ermita manchega.
Esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de enjuiciar casos como el de la joven que nació el año 1982 en la clínica de Santa Cristina de Madrid, donde se procuraba prestar una asistencia social y se evitaban abortos. Diez años antes, en 1972, se hizo algo parecido en Valladolid. Se libró a una mujer de la cárcel y se salvó una vida. Lo agradeció esa señora llamada Pilar, que disfrutó de una buena atención durante su embarazo y después. La familia que adoptó la niña pagó los gastos perentorios y ha educado bien a esa joven, incluso con estudios universitarios. Asesoré en este caso como abogado, ya que había intervenido en otros parecidos en Venezuela; pero dejé de hacerlo cuando comprobé que la madre a la que se le había prestado un favor quería saber donde estaba su hija para sacar dinero. Pensaba hasta en millones de pesetas.
El caso que cacarea la prensa con sonsonetes de gallina clueca, porque es noticia morbosa, está en un juzgado. San Agustín reconocía la buena labor de los abogados, aunque hubiese algunos malos, porque ayudaban a la administración de la justicia, que debe de hacerse no sólo con equidad, como lo exigían los romanos, sino también con caridad y respetando el honor de las personas.
Se equivocaron los obispos norteamericanos al querer tapar algunos casos de pederastas con dinero. Más de uno ha demandado fraudulentamente y hasta con formas de buena apariencia, como un joven ecuatoriano, cuya familia demandó a un religioso en Zaragoza diciendo que no lo hacía por dinero, sino como obligación moral. Al ver que no cobraban y tenían que pagar gastos, retiraron la denuncia. Es posible que sor María Gómez Valbuena haya mentido, como sor Intrépida, la de la película, creyendo que se trataba de algo piadoso. Ya mintió Abrahán al considerar a su mujer como hermana. Se habla de la hipocresía del cristianismo, como lo hizo J. J. Rousseau, en su tiempo; y él llegó a considerar a la mujer como prestadora de servicios y con cabestro. Le llamó la atención un agustino colombiano, P. Diego Francisco Padilla que redactó el acta de la independencia de Colombia y refutó al Emilio de Rousseau con El niño con su padre, haciendo ver sus contradicciones, como existen en la sociedad moderna.