Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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Así contó Carlos Fuentes la muerte de Artemio Cruz, hace cincuenta años. Y parece que estuviera hablando de su propia muerte, ocurrida el martes en un hospital de la Ciudad de México: ... ese coágulo se desprende, se desprenderá de la sangre negra… correrá… se detendrá… se detuvo… tu silencio… tus ojos abiertos… sin vista… tus dedos helados… sin tacto… tus uñas negras, azules… tus quijadas temblorosas… Artemio Cruz… nombre… «inútil», «inútil»… ya no sabrás… te traje adentro y moriré contigo… los tres… moriremos… Tú… mueres… moriremos… has muerto… moriré.

«Mexicano de muchos países», Carlos Fuentes vivió para ver morir a dos de sus tres hijos. El primero, Carlos Fuentes Lemus, falleció en 1999, a los 26 años, debido un infarto pulmonar. Seis años después, una congestión visceral y un paro cardíaco, según la versión oficial, se llevaban a su hija Natasha, de 29 años, que aparecía muerta debajo de un puente en un barrio marginal del Distrito Federal donde se vende droga.

Fotógrafo, poeta, pintor, artista prematuro, Carlos Fuentes Lemus era hemofílico y sabía que se podía morir en cualquier momento. Desde niño, sus padres, asustados porque sus articulaciones se hinchaban con frecuencia y su cuerpo aparecía lleno de moratones, le inyectaban un elemento coagulante: Factor Ocho le llamaban. Pero el Factor Ocho no pudo evitar que una mañana de mayo, hace trece años, la hemofilia acabara con su vida, con su arte y su entusiasmo.

De las circunstancias que rodearon a la muerte de Natasha sólo nos han llegado insinuaciones, pero el escritor de La región más transparente contó la muerte de su hijo Carlos en un artículo que no es un artículo, ni un cuento, sino un desgarro. «No era justo que su cuerpo le traicionase», escribió.

Y esto tampoco es una columna de opinión. Es el temblor que me ha dejado en el cuerpo leer que Carlos Fuentes ha muerto de una hemorragia interna causada por una úlcera. Leer que los médicos intentaron reanimarle, pero no pudieron. «Inútil», «inútil» . Y que tiene los dedos helados… sin tacto… las uñas negras… la sangre coagulada… y ya no volverá a escribir nunca… nada más. Aunque todavía estuviera lleno de entusiasmo.

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