Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Vas paseando por tu barrio y adviertes que cierto pequeño comercio ha cerrado. Otro más. En un primer impulso te dices: «No me extraña, la última vez que el dueño atendió con amabilidad a alguien, a la Catedral de León aún no la habían irrumpido los pináculos». Pero enseguida, ante el escaparate vacío percibes que echarás de menos su peculiar sentido del negocio, aunque te chocase. Al entrar te observaba como si fuese a hacerte una llave de judo; al salir, como hubieses sido tú quién se la hubieses hecho. Pero ahora, ante los estantes repletos de nada, deduces que tú mismo llevabas mucho sin entrar, y algo te atraviesa todas tus corazas. Era un dinosaurio, pero no merecía extinguirse así. La crisis ha sido para su tienda una mortal lluvia de meteoritos. Y descubres no sólo que le echarás de menos sino que, aunque algo morugo, le querías.

Tu propio ánimo es también un escaparate, y a veces crees que ya nada tienes que ofrecer a los demás, ni siquiera en saldos; pero somos mucho más que nuestros problemas y estados de ánimo. Ayer, se constituyó en León una asociación de directivos jubilados, Secot, que aporta asesoramiento gratuito a emprendedores. Dar y darse. La crisis exige múltiples aportaciones. De nada vale salvar la economía, señora a la que personalmente sólo conozco por referencias, y no todas buenas, si no nos salvamos nosotros con ella; lo contrario sería como esa bomba que mata personas pero no destruye edificios; en definitiva, una economía superviviente que solitaria grita entre las ruinas: «Hola…¿hay alguien ahí?» Sin encontrar respuesta.

El pequeño comerciante al que me he referido no es representativo de la mayoría del sector, pero usted y yo conocemos más de uno al que le cuadra la descripción. Y sin embargo, pese a que lo suyo no era precisamente gracejo para el trato con los clientes, y que su sentido del escaparatismo estaba anclado en alguna moda acaecida entre el estilo Cleopatra y la Belle Epoque, e invertía menos en iluminación que Paquirrín en diccionarios, le echaremos de menos, porque era un pequeño comerciante de barrio, del nuestro. Parco, cansino, suspicaz e irrepetible. Y un tipo entrañable, aunque, a veces, él mismo —ay— hiciese como si no lo supiera.

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