Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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No sé si han reparado ustedes en que, en esta época del año, en León la noche es azul. El cielo nocturno es azul como si algo le quedara del día; como si algo le quedara de ella.

La abuela Margarita aprendió a reír al mismo tiempo que a bordar porque la magia lo comunica todo. Aún la recuerdo ahí, en la mecedora, con el pelo canoso y la sonrisa gastada, con su ojos azul cielo de junio y arrugas como surcos en la tierra y ella borda que te borda remendando el pasado, que siempre parece mejor. Remendando una historia que tiene que contarnos porque ella existe y borda para que nada se olvide y morirse, parece, en realidad es no tener ya nada que contar.

Hay cosas que suceden para ser recordadas. De hecho tanto yo como mi hermano Gaudencio pasamos por el ritual de sujetar la madeja y escuchar con desgana sus historias que parecían anécdotas para luego, en invierno, poder lucir como escudo alguno de sus jerséis. Y ella hablaba de una imaginativa mujer, doña Flora, la que fuera maestra de nuestro pueblo, que al parecer estudió magisterio en Madrid en casa de unos parientes…. En el 36 estaba allí cuando un día, al volver a casa, descubrió consternada que se los habían llevado a todos y, poco después, también se hicieron con ella.

¡Pero siempre hay un ángel del momento! En su caso fue una compañera que lo sería también de celda, la cual la animó a destruir todo documento identificativo, a impostar un acento nórdico y a asegurar que era traductora del sueco, del finés y del ruso. Así, nos contaba, nuestra imaginativa maestra se pasó la Guerra Civil traduciendo novelas clásicas de idiomas que en realidad no conocía, y el frío que describía en ellas era el de León.

Los ojos de la abuela brillaban como lunas sobre el río Esla mientras narraba y bordaba entera la eternidad. Nos hablaba de Juaco, su padre: un albañil fornido que decían en el pueblo que era republicano porque nunca iba a misa, y creían que era masón porque leía novelas. Un día mientras él estaba picando en la Bodega de Canseco lo fueron a buscar los falangistas, lo llevaron al trinquete y lo mataron a tiros... Hasta le dolía la mirada recontando por los dedos mil historias para que nada de aquello se repita —decía—; para que nada se olvide…

Los zapatos del abuelo Juaco muerto, la maestra, la palabras y ella borda que te borda… Y hoy escribo sobre ella porque estoy viendo sus ojos cuando observo en nuestras noches ese azul que se disipa, y se oscurece, y se estira, y se infiltra, y no se apaga… ¡El cielo sabe mirar!

Siempre creo ver a mis antepasados muertos detrás de las cosas más hermosas de mi vida.

Por eso hoy observo la noche azul de León y le confío un encargo: dile a la abuela que la recuerdo, que la recuerdo.

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