Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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En estos momentos, mientras usted lee esto, o finge leerlo, Miguel Martínez está gastando suela. Ha de tener ya los pies como la Chunga al final de una gira internacional; el cogote rojo cobrizo, agujetas y callosidades, barba de náufrago, el mechón blanco asilvestrado… pero el ánimo incansable... ¿Acaso se ha alistado en los Marines? No, el ex alcalde de San Andrés y ex presidente de Paradores está recorriendo el Camino de Santiago. ¡Sapristi!, que exclamaba Anacleto. No es por ser agorero, pero Ulises se perdió en su viaje de regreso a Ítaca y estuvo diez años dando vueltas por esos mares de Zeus, y eso que Homero le había soplado un atajo. Y el doctor Livingstone también estuvo su tiempo dando vueltas por ahí durante años, pese a llevar brújula. Pese a ello, quien tema el extravío lo mejor es que se quede en su casa, en la ordinaria locura de lo cotidiano hasta el infarto final. Para encontrarte tienes primero que perderte, si aciertas a la primera es caminata no Camino. Tiras hacia allí cuando debías haber tirado hacia allá, luego retornas sobre tus propios pasos perdidos y reconoces agotado y con humildad «¡debí de haberle hecho caso a Pepito Grillo, era por dónde él decía!». Así funciona la cátedra del caminante.

Supongo que Martínez habrá preparado concienzudamente su mochila: el paipay, mantecadas, un yo-yo para las horas muertas, un traje de Elvis —nunca se sabe—, un diccionario de esperanto, tarjetas de visita, un tam-tam plegable, un compañero para el mus —en efecto, nunca se sabe—, tiritas, un tomo del Espasa —mano de santo como arma arrojadiza—, en fin, lo típico para itinerarios en los que el yo también camina.

Quizá haya detectado el lector más agudo cierto cachondeín, como si la columna estuviese escrita entre la chufla y el jubileo. Lo está, pero no a costa del susodicho peregrino, cuya iniciativa aplaudimos, aunque sea con retintín generacional. Necesitamos encender bromas blancas en este panorama tan negro, ser iluminados por ellas, como esa luz que sale de las lámparas de los mineros. Mientras, Martínez, doblado por un calambre traidor que más parece un cortocircuito, repite como una letanía «¡cachis, si lo llego a saber lo hago en patinete»! Ah, se siente.

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