TRIBUNA
La sexta columna
Se atribuya a cualquiera de los generales golpistas contra la II República: Mola, Valera o Queipo de Llano, lo cierto es que la expresión quinta columna alude a una quinta sumada a las cuatro que avanzaban hacia Madrid en noviembre de 1936, formada por madrileños radicados en la capital, todas ellas impulsadas para acabar con el incipiente régimen republicano. Por extensión se denomina así cualquier grupo de personas que, desde las propias filas, apoya al enemigo.
Una columna —llamémos la sexta o Marcha Negra, homóloga a la que avanzó hacia Madrid en el 92— se ha desplazado a pie desde las zonas mineras del norte de España (Asturias, León, Palencia y Teruel) hasta Madrid contra las decisiones tomadas por el ministro de Industria, Sr. Soria, de recortar drásticamente las subvenciones al carbón autóctono. En la capital de España los mineros se han visto sorprendidos con una «quinta columna» de simpatizantes, tan numerosa y entusiasta, que ha desbordado las previsiones más optimistas de apoyo por parte de los madrileños.
No voy a entrar en la discusión por la cual se ha llegado a esta situación. Principalmente, qué se hizo en el plan del carbón con los millones de euros destinados a la reconversión de la minería, de su rentabilidad o sus repercusiones en el medio ambiente y en el sistema energético. Me voy a centrar en lo que puede tener este movimiento de revulsivo social, de rebelión de las masas, afectando a otros sectores productivos en unos momentos de crisis aguda generalizada. Cambiando todo lo que haya que cambiar, y es mucho, esta movilización tiene una cierta similitud con el movimiento 11-M. del pasado año. Esto es, un levantamiento popular juvenil contra el actual statu quo político, social y económico que se desplegó por todo el país con fuerte carga emotiva y que se fue diluyendo como un azucarillo en el café. A falta de un liderazgo carismático, me temo que, en cuanto a su repercusión, con la sexta columna va a ocurrir otro tanto, aunque no dudo que la clase minera, la más aguerrida y sacrificada de todas, se va a dejar la piel en el empeño.
Mientras escribo estas líneas, el presidente del Gobierno está desgranando en el Parlamento toda la mazorca de medidas impopulares: subida del IVA, supresión de la paga extraordinaria de Navidad a los funcionarios, rebaja del subsidio de desempleo después de los seis meses, etc. Recortes que afectan fundamentalmente a las clases más desfavorecidas, a las que sólo les tocó la pedrea mientras vivió la «lotería del bienestar». Sobre sacar la pasta a las grandes fortunas e intervenir las codiciosas e insolidarias súper-retribuciones de aquellos a los que le tocó el «gordo», nada de nada. Y todo ello, ¿con qué fin? Pues, se dice, para atraer los dineros de esa bestia negra que son los mercados. Hay que sacrificar a los que menos tienen como a aquellos a los que los aztecas extraían a cuchillo el corazón para satisfacer el apetito de sus dioses ante la mirada atónita de los conquistadores españoles. Sin embargo, nada calma el hambre de los mercados. Si ayer aplaudían estas drásticas medidas haciendo subir la bolsa y bajar la prima de riesgo, hoy vuelve a subir ésta y bajar la otra, porque esos mismos palmeros advierten que con tales medidas va disminuir el consumo y aumentar el desempleo. Y en un país tan enclenque en productividad y en credibilidad no es aconsejable invertir.
La situación es tan grave que ya no se revierte ni con huelgas ni con manifestaciones. Quienes gobiernan, quienes han gobernado anteriormente y quienes pretenden gobernar no ofrecen ya ninguna garantía de solución. Por mucho que digan están, más que comprometidos, demasiado sometidos a los poderes financieros. Es evidente que todas las promesas originadas en la oposición caen en saco roto a la hora de gobernar. De ahí que escuchemos antes y ahora, lo mismo por boca de Zapatero que de Rajoy, la paradoja de que no hay más remedio que hacer lo que no se quiere; esto es, no hay más solución que plegarse a los dictámenes de la plutocracia dominante a base de satisfacerla con intervenciones por fascículos. Nadie duda, por ejemplo, que en España hay un considerable fraude fiscal. Los inspectores de hacienda saben dónde está y cómo combatirlo, asegurando que si se les dejase actuar se recaudarían 30.000 millones de euros. Pero ellos no tienen el poder de las decisiones. Quien lo tiene estima, como mejor solución y modelo ético a imitar, indultar la evasión de capitales, multándola con un simple 10%, si vuelve por Navidad de donde salió como un hijo pródigo. Así es imposible subvertir la situación de desequilibrio social y económico dentro del propio feudo. Tenemos en paro al 20% de la población activa y, sin embargo, dejamos que nuestros bosques se ensucien de maleza en primavera para ser pasto de las llamas durante el verano. Y, ¿qué ocurre internacionalmente? Aparte de lo dicho sobre los mercados, como estamos metidos en ese desequilibrado consorcio monetario llamado Unión Europea, nuestro tesoro ha de pagar a un 7% de interés el dinero necesario para remunerar todos los meses a los pensionistas; y destinar la barbaridad del 30% del presupuesto del Estado para pagar los intereses de la deuda. Por el contrario, a otras naciones del mismo tinglado monetario la compra de dinero le sale completamente gratis. Así es imposible crecer, a pesar de todo tipo de medidas restrictivas.
Vista esta dramática situación, no hay otra salida que una ruptura estructural con medidas imposibles para la actual casta política. Así se hizo en el 31 del pasado siglo con la II República contra una monarquía desgastada y corrupta; y luego, en el 78, contra un régimen dictatorial, no menos desgastado y caduco, a través de una transición que figura como modélica en todos los manuales de ciencia política del mundo: Pero no se olvide que, tras la primera ruptura, vino lo que vino. Y, tras la segunda, a punto estuvo de sucumbir con el 23-F.
Llevado por lo ocurrido en Francia con La Bastilla a finales del XVIII, he soñado esta noche con la toma del Senado, tal vez por el rechazo contra la cámara alta que circula con profusión por internet. Y he soñado también con la guillotina instalada en las principales plazas públicas. No sé qué interpretación daría Freud a está pesadilla. Que ambas cosas, por amor de Dios, se interpreten como onírica metáfora más que como posible realidad, pero, los sueños, sueños son.