Diario de León
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miguel paz cabanas
León

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También aquí llegan los periódicos, pero no me refiero a los digitales, sino a los de papel, que parece que aún representan un modo de protesta, una especie de disidencia íntima y personal. Desenchufas así de esta farsa de competiciones agónicas, con personajes que no sabes muy bien qué pintan en las canchas, los potentados de la NBA, los ases del tenis, los velocistas pintureros y megafamosos que hacen aspavientos delante de las cámaras. Qué narices tiene que ver todo eso con el espíritu olímpico, te preguntas, y de repente, en la ceremonia de clausura, aparece un ugandés de veinticinco años colgándose el oro del maratón, y entonces te acuerdas de nuestro venerado Bundesbank no se olvidara de que no éramos Uganda. Tate.

Los que siguen yendo a lo suyo son los de Herri Batasuna, leo, y el señor Sánchez Gordillo, promoviendo un nuevo y asombroso deporte nacional, el lanzamiento de legumbres y macarrones en carritos de supermercado, ahí sí que podemos rozar proezas olímpicas, y por supuesto los banqueros, esos si que nunca se salen del guión, llevan en su ADN la necesidad de rapiñar, de saquear, de engañar, a veces a los propios colegas, como los de Barclays, la mayoría a señores de Pontevedra, a los que hacían firmar en sus despachos el timo de las preferentes. En la prensa hablan ahora de «guerra de pasivos», otra maniobra que se sacan de la chistera los bancos, que hace pensar en clientes visualizados como si fueran carne de estafa.

Y me reservo para el final unas páginas de opinión, y con un estilo claro y directo, un señor llamado Mark Leonard, Director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, me cuenta que en China las desigualdades sociales han superado a las de Estados Unidos y que en una de sus provincias más prósperas, la antigua Cantón, sólo una quinta parte de los ciudadanos vive decentemente, mientras que los otros doce millones carecen de una vivienda digna, de educación y de sanidad, y que la mayoría malvive con salarios de subsistencia: más o menos, el modelo que nos quieren implantar en el Mediterráneo.

Cierro el periódico, miro los montes de Babia y pienso que es mejor no salir de aquí.

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