EN BLANCO
El zamarreo
La comprobada fatalidad genética de la especie española, puesta de manifiesto una y mil veces a lo largo de nuestra vapuleada trayectoria histórica, crece día a día debido al surtido crisol de barbaridades y contubernios que alimenta la realidad. Las zozobras y lamentos que sacuden el devenir de los ciudadanos ya no se aguantan, esa es la verdad, ni con bicarbonato. Ahí tenemos el caso de los jóvenes leoneses, encuestados en un reciente sondeo que pretendía evaluar su situación actual justo en medio de semejante Titanic económico. Y las repuestas no tienen desperdicio: el 49% aún vive con sus padres, condenados estos últimos a alimentar al bebé justo hasta que se le vaya deteriorando la próstata. Eso no es lo peor, pues seis de cada diez muchachos aseguran haber hecho el amor en el coche, a falta de otra alternativa más confortable. En vista de tan sensacional noticia, que nos remite a la época del Simca 1000, resulta difícil saber por dónde empezar.
Me parece lamentable que gente que ha tratado siempre de seguir una decente forma de vida cristiana, se vea forzada a renunciar por causas económicas al sabio precepto que recomienda la discreción para el tema de la fornicación. O del zamarreo, dicho sea en la correspondiente y atrevida jerga juvenil. ¡Pero qué le vamos a hacer! Hombres y mujeres no tenemos por regla general madera de monjes, así que si empiezan a dispararse las feromonas y el deseo llega al punto de ebullición, pues puede suceder cualquier cosa. Por ejemplo, la sucia maniobra perpetrada por una joven de temperamento diablito y también leonesa, que se ganaba la vida mediante la artimaña del «beso del sueño». Una de las cosas más pérfidas que he visto en mi vida, ya que les echaba un soporífero en la bebida para luego desvalijarlos a su antojo. La concupiscencia, ya saben, es la principal raíz de nuestros males. ¡Qué bien nos vendría a todos un poco de Biblia!