Diario de León
Publicado por
javier tomé
León

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Se lo juro por lo más sagrado, que en este caso son mis adorados gatos. Sé perfectamente que, hablando en términos generales, la vida solo es una maniobra dilatoria que pretende comprar tiempo antes de dar el gran salto hacia la eternidad. Y así nos vamos acomodando, en un intento de pasar de la forma más confortable posible desde la cuna a la tumba. Eso ocurre justo hasta que ese gran diablillo al que llaman destino, o capricho, decide tomar cartas en el asunto, manifestándose de una forma totalmente ajena a cualquier cultura del razonamiento. El caso es que iba yo el pasado domingo, y repito que no es broma, dando un paseo civilizado por un rastro que iba desmontando sus últimos tenderetes, cuando el viento —o la fortuna— me hizo saltar a los pies un folleto cuyo encabezamiento dice. «Pecador… ¡Jesús es tu amigo!». ¡Mecachis, la mar!

Ustedes me conocen de sobra y saben perfectamente que nunca he pretendido estar cerca de la santidad, pero que le incluyan a uno de forma pública en el mismo nefando saco de publicanos y fariseos… Pues no sé, pero son de ese tipo de cosas que le hacen a uno filósofo. El asunto se puede analizar desde varios puntos de vista. Desde el refrescante, lo que te llevaría a deducir que entre el escaparate de inmundicias que deja el rastro puede surgir cualquier cosa. Pero, por otro lado, la religión es un gran consuelo en las situaciones críticas, y no cabe duda de que ahora mismo estamos para el tinte. Este viejo mundo parece haber chiflado, sacando a flote demasiada broza de unos y otros, por lo que solo nos queda encomendarnos a las más altas instancia. Sea como fuere, no conviene tomarse a broma los guiños del destino y, aunque suene a acto de contrición, confieso que he comprendido, en la medida que soy capaz. Como dice el refrán, si el cielo está rojo, muchacho abre el ojo.

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