Diario de León
Publicado por
Ángel Alonso Álvarez. Profesor de la Universidad de León y vecino de Reyero
León

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Sé bien que estás pasando, mi querido presidente, por momentos delicados. La situación es complicada. Pese a lo cual, a pesar de saberlo, me estremecí cuando te vi, cabizbajo y con mirada triste, bajar por la calle. Un latigazo recorrió mi cuerpo. Acostumbrado, desde niño, a disfrutar de la elegante autoestima de mis sucesivos presidentes, tu pesadumbre, a medias, me conmovió y agitó. Encuentra en estas líneas, mi querido amigo, aliento y aplauso.

Representas a una institución que hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Una institución forjada, en el devenir, para optimizar una «tierra», la nuestra, áspera y ruda. Cuando aquí funcionaba la economía de subsistencia nuestros antepasados crearon un modelo de organización social capaz de mantener a un número de personas que, por su cantidad, hoy nos deja perplejos.

A la cabeza de ese modelo de organización social, les hablo del «concejo abierto», estaba su presidente. ¡Y qué listos eran nuestros antepasados que, sin haber leído a Platón, elegían entre ellos al mejor para administrar «el común», lo que era de todos, una propiedad privada que compartían! En ello les iba el futuro. Con esas mimbres, se consolidó una institución político-social querida y respetada como ninguna otra.

Hace algún tiempo, no mucho, me hicieron saber que tu nombre oficial es «Alcalde Pedáneo» y que según la Ley 781/1986, de 18 de abril, se trata de un órgano ejecutivo unipersonal, el que corresponde a un submunicipio. ¡Qué cursilería, amén de bobada! ¿Órgano ejecutivo unipersonal? ¿Submunicipio? ¿Desde cuando el presidente del Concejo no rinde cuentas? Bien sabemos que responde de continuo, de día y de noche, a cada uno, por separado, en grupo y al Concejo. Toma decisiones porque esa es la encomienda y no las toma contra nadie, las toma para arbitrar el mejor destino del «común», de las propiedades vecinales que son comunes y la mejor administración de las necesidades comunes y de las particulares cuando el auxilio y la ayuda mutua entraban en acción. ¿Submunicipio? ¿Existen, acaso, las subcomunidades locales, los subpueblos, las subpersonas o, quizá, los subvecinos?

¡Van y dicen, ahora, que te quieren sacar de la historia! ¡Que gastas mucho y que no eres eficiente! ¡Tiene bemoles, que te digan eso a ti; tiene bemoles, que me hablen a mí de ti, querido presidente, en esos términos! A ti, que nunca has tenido sueldo, tampoco coche oficial, ni secretaria, que no has formado parte del consejo de administración de la caja de ahorros de turno o de empresa pública alguna. A ti, que en las peores encuestas sacabas un mínimo de notable. Que te digan eso a ti, que me hablen a mí de ti, en esos términos, con el único propósito de sacarte de la historia, es infrahumano. Lo normal sería que te hubieras «echado al monte» y nosotros detrás «en nombre propio y en defensa de nuestras propiedades». Has reaccionado, sin embargo, con serenidad y es otro motivo más para engrandecer tu leyenda, tu historia, nuestra historia, la historia.

Tranquilo ‘presidente’, amigo, los que con tanta presunción te quieren sacar de la Historia, son aprendices. De democracia no saben, no les importa, lo que saben de leyes es muy discutible y la historia la desconocen. La «partidocracia», preñada con abundante carga dictatorial, es toda su obra. Salen cada cuatro años de su madriguera para engañarnos y rápido, cual rayo, se recluyen. De democracia sabes tú. Cuando era niño, en pleno franquismo, escuchaba, desde la ventana de mi casa, las apasionadas discusiones del Concejo. Es un recuerdo muy vivo, nítido y connatural con mi niñez. Se discutía, a veces con vehemencia, se decidía y se iba, si tocaba, de hacendera, todos juntos bajo la sabia dirección del presidente, de mi presidente. ¡Qué maravilla! ¡Cuánta eficacia!

Franco no se atrevió con tan noble institución, el Concejo Abierto. La «partidocracia» sí se atreve. Vivir para ver. ¿Qué mal ha hecho el Concejo, el Concejo Abierto, la asamblea vecinal de todos los electores, que mal le ha hecho a la Democracia, a la libertad y a la historia? ¡Ánimo presidente, el pueblo está donde debe y ellos están solos! Cada vez más solos.

La aversión de la «partidocracia» al Concejo Abierto se corresponde con una ambición tan vieja como innoble, el robo. Quieren apropiarse, por la puerta de atrás, del importante patrimonio —propiedades— que poseen los vecinos y que se expresa a través del Concejo. Las excusas son variadas y la más socorrida «que los vecinos están ayunos de sabiduría y competencia para explotar sus propiedades», en contraste con la brillante reputación de la que ellos presumen y que los demás, el resto de mortales, nos cuesta descubrir.

Los enemigos de la propiedad privada, son los enemigos de las propiedades comunales, de las propiedades vecinales y que se avienen a su gestión en Concejo Abierto. La forja del «común», de lo que es de todos, de todos los vecinos, con nombres y apellidos, con propietarios conocidos, singulares, identificables y localizables, obtenida en el través de la historia es asunto que merece más cuidado y atención, celebrarlo, antes que perseguirlo. Es una cualidad y nunca un demérito a arrancar de la historia. Merecería más atención jurídica, política e histórica y no el desdén y la obcecación liquidadora de la que es diana.

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