PANORAMA
Pasantes de corte
Nos da tiempo a todo, salvo a coger el autocar que nos lleve a la buena vida, que no recorre el mismo trayecto que el de la vida buena.
El ómnibus se ha perdido, como en la novela de Steimberg, y tenemos que hacer a piel el recorrido, mientras España lucha, con muy poca fe, por no desgajarse, le rogamos a Europa que no cese de socorrernos para mantener a las autonomías. Madrid ‘famoso ombligo de España’, que dijo Lope de Vega, se ha convertido en un cónclave de peatones. Durante el pasado año de desgracia desfilaron doce marchas de protesta con sus pancartas.
El que quiera leer no tiene más que salir a la calle para encontrar una biblioteca itinerante. No hay que refugiarse bajo las estudiosas lámparas: basta con asomarse a los balcones para comprobar que «la señora de cien provincias» se ha quedado en enaguas. Para protegerla y evitar una posible ocupación, el Congreso se ha blindado con 1.350 policías, que son muy pocos comparados con los que profesan la doctrina única del disturbio.
No sabremos nunca a qué se dedica la gente que no va a las manifestaciones, ni siquiera en calidad de extras. A veces, su misión no es la de hacer bulto, sino la de hacer la puñeta. Las señales de descontento superan con mucho a las señales de circulación, pero ofrecen la desventaja de que a diferencia de éstas, no se están quietas. Según los demógrafos, se llegará al colapso cuando desfilen los liberados sindicales, o sea los amnistiados del bíblico castigo que cambiaron el trabajo, que siempre es duro, por animar a los trabajadores. ¿Cuantos liberados sindicales trabajan en la liberación de los que acuden diariamente a sus puestos de trabajo? —¿Tú estudias o te manifiestas? Esa pregunta, que precedía a los ligues de los guateques, ya ha perdido sentido. La única intriga consiste en indagar si el que no da golpe pertenece a la administración central, a la autonómica, a la provincia o a la municipal.