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PEDRO VICENTE
León

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¿Es posible que un partido gane en número de escaños a la vez que pierde muchos miles de votos? No sólo es posible, sino que es bastante frecuente. El fraccionamiento del electorado, la abstención y la Ley D’Hont producen estas paradojas. Sin ir más lejos, sucedió en Castilla y León en las últimas elecciones autonómicas y de hecho es lo que ha ocurrido este domingo en Galicia, donde el PP, pese a perder 135.000 votos (el 17 por ciento de los del 2009) ha reforzado su mayoría absoluta con tres nuevos escaños. A partir de ahí resulta como poco discutible interpretar que el resultado de los comicios gallegos supone un refrendo popular a las políticas aplicadas tanto por la Xunta de Núñez Feijóo como por el Gobierno de Mariano Rajoy.

Es indudable que Feijóo ha salido triunfante del lance y que Rajoy ha salvado los muebles, pero de ahí a concluir que el electorado apoya mayoritariamente sus políticas, media un mundo. Al igual que en las últimas elecciones generales, la victoria del PP se ve inflada gracias al desplome de la oposición socialista, que estaba y está en caída libre. Mientras Rajoy recibe de sus paisanos gallegos un balón de oxígeno —el resultado de las elecciones vascas es harina de otro costal— el PSOE de Rubalcaba sigue con paso firme hacia el abismo. El mantenimiento del gobierno andaluz enmascaró una sangría de voto que los electores gallegos y vascos han vuelto a poner de manifiesto. Las críticas socialistas a las políticas del PP carecen de credibilidad a los ojos del ciudadano y por ello no consiguen contener ese desangre electoral.

Queda palmariamente demostrado que el último congreso federal del PSOE cerró en falso la gravísima crisis del partido. Se huyó de la imprescindible catarsis y se apostó por el continuismo de confiar la nave a dirigentes plenamente responsables de su cataclismo electoral. El resultado es el actual marasmo socialista, un partido completamente desnortado, máximo prototipo de la «decadente clase política», que diría el juez Pedraz.

El caso de Castilla y León resulta paradigmático, por no decir patético. Los socialistas no sólo son incapaces de constituirse en alternativa a un gobierno autonómico del PP que lleva camino de eternizarse, sino que persisten en los errores de siempre e incurren en nuevas y garrafales pifias. Para colmo, la bicefalia constituida entre actual secretario autonómico, Julio Villarrubia, y su antecesor, Óscar López, portavoz en las Cortes de Castilla y León a la vez que número tres en Ferraz, ha abierto serias fisuras internas en el seno del grupo parlamentario y de la propia dirección del partido. Como telón de fondo está la aspiración de ambos a encabezar el cartel socialista en las autonómicas del 2015. No lo dije antes y lo digo ahora: Patético.

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