Diario de León
Publicado por
Enrique López González. Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de León
León

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«Cavar no es la mejor solución para salir de un pozo». De chaval, me lo espetó mi abuelo Aquilino. Ahora, pásmese, es el propio Fondo Monetario Internacional (FMI) quien lo repite en el capítulo 3 de su World Economic Outlook de este mismo mes de octubre (http://www.imf.org/external/pubs/ft/weo/2012/02/index.htm), donde se obtiene evidencia de cómo superaron la crisis los países avanzados que en los últimos años excedieron el umbral de deuda del 100% del PIB (escenario en el que se ha metido España de hoz y coz). Toda una cachetada a las políticas de extrema austeridad tan en boga en estos tiempos aciagos. Lo extraño es que sea el propio FMI quien constate la contumacia (teutona) en el error.

La paradoja es evidente, aunque el fracaso de España viene de lejos. Los escritos de Quevedo están «al día»: ¡Aquellas sí que eran bancarrotas soberanas!. Aún así, desde que yo recuerde, nuestra economía ha sido poco competitiva, con una excesiva concentración en sectores de escasa productividad (el 70% del IBEX entra en el mismo taxi que hace 20 años). Tenemos muy pocas grandes empresas, de clase mundial, despreocupadas del BOE; algunas de gran tamaño, pero momificadas en el subsidio; muchas, demasiadas, microempresas, sin capacidad frente a la globalización dominante y casi no existe una «clase media» empresarial con proyección global. Padecemos de una nimia cultura de la competencia y un insano corporativismo, facilitados por una excesiva y perniciosa connivencia entre lo público y lo privado. Lamentablemente, la transición española ha sido incapaz de erradicar el hedor partidocrático, abocándonos a taifas institucionales que sólo miran al ombligo de una plutocracia absorbente y dominadora, impidiendo la dinámica de «destrucción creativa» que Schumpeter anticipara como uno de los fundamentos del desarrollo económico.

El nuestro es un modelo de sociedad de carácter mercantilista, cuyo valor añadido apenas supera el coste de la mano de obra aplicada. Por eso, cuando cae la demanda, la explotación de los negocios no dispone de más colchón que la reducción del número de empleados y/o sus salarios. Estamos expuestos en carne viva a los avatares de la recuperación económica internacional, fuera de nuestro alcance y sometidos a una precariedad laboral permanente. La entrada en la UE, el euro y la inmigración tan sólo consintieron estirar durante unos años este endogámico modelo económico.

Ahora, tanto abanto es un lujo que no nos podemos permitir, como tampoco podemos esperar, desmintiendo a Ortega, que la solución a tanta ruina esté fuera. El problema es que España ha pensado sólo a ratos sobre lo que constituye un buen capitalismo productivo y el proceso de innovación. Y esto está grabado en nuestra idiosincrasia cultural y económica. Ahora necesitamos dar un giro radical y que cada vez sean más los productos inventados o pensados en España. Encaminarnos hacia un modelo de sociedad ligado al Conocimiento y la Innovación, una economía cuyo PIB y evolución social sean fruto de saltos en el nivel de educación e investigación, en la generación y retención del talento. En la era post-industrial el contrato social ha cambiado. La mejor innovación, aquella que los consumidores y clientes adoptan y utilizan realmente, sucede en las sociedades abiertas que invierten en la creación y difusión del conocimiento, con contratos sociales para manejar el riesgo. No podemos seguir jugando a la defensiva basándonos en viejas reglas de la economía y sistemas industriales. Siempre hay una manera mejor. Hay que abrazar, y con pasión, la cultura de innovación abierta (nuestra «misión a la Luna»). No hay margen.

La cuestión es cómo proceder cuando los desafíos son tan grandes. Los enfoques convencionales de la investigación son inadecuados, se requieren auténticas mutaciones. Nuestras universidades, con el cinto presupuestario anudado al cuello, parecen ofuscadas por el mero impacto académico, que a menudo significa replicar el trabajo de otros. Al contrario, debemos convertirnos en centros de transformación, de innovación abierta, en una suerte de centros/laboratorio/empresa, con el objetivo de crear conocimiento como un bien público. Y así, convertir a España en líder mundial de la innovación abierta, todo un imán para la actividad científica y creadora de conocimiento público. Aunque ello supone que también nuestros empresarios tienen que organizarse para beneficiarse de este cambio, si no, simplemente, estaríamos ofreciendo un «viaje gratis» al resto del mundo.

Pues bien, sin sucumbir a un cierto pragmatismo ingenuo, creo que la «cognomática» bien pudiera ser uno de los componentes de la alquimia que se precisa para salir de esta crisis. Y, precisamente, «Idolatría en las Matemáticas. De las Matemáticas Inconsistentes a la Cognomática», la más reciente obra de uno de los académicos más prominentes de la Universidad de León, el erudito catedrático de ingeniería de sistemas, Ángel Alonso Álvarez, cuya presentación oficial (y abierta) tendrá lugar hoy a las 13.00 horas en el Salón de Grados de la Escuela de Ingenierías del Campus de Vegazana, brinda una magnífica dosis de saludable energía que abre puertas y caminos , impulsando estrategias c:c (conocimiento consistente), como el lenguaje «vebor», los «números realistas» o «la geometría discreta».

Así, por ejemplo, en el caso de la toma de decisiones financieras de todo el sistema bancario mundial, más concretamente en el caso de las «hipotecas subprime», existe evidencia acerca de cómo la veneración por un «número» como el «VaR», a pesar de adolecer de los inconvenientes denunciados en este libro, fue uno de los catalizadores que motivaron que el nivel riesgo moral prudente se viese adulterado por doquier, convirtiéndose en una bomba de neutrones económica, con las terribles consecuencias acaecidas en los últimos años.

En «Idolatría…» Ángel ha puesto el riguroso y relevante conocimiento de la ingeniería de sistemas al servicio de una explicación que difícilmente puede obviarse. Ha conseguido el arduo empeño de simultanear la contribución académica de enjundia con la atracción de los lectores no especializados. La impecable estructura teórica del trabajo y su contundencia argumental rivalizan con su sentido de la oportunidad. Todo un tour de force: formativo y provocativo por turnos. Es un placer ver a una mente académica de primer nivel tratar de esta forma con temas de enorme calado epistemológico. Sólo me gustaría que hubiera más libros similares en esta piel de toro.

No quiero entrar a juzgar lo bien fundado de estos argumentos por una razón principal: creo que para contradecirlos se requiere mucho más que una opinión, se necesita una investigación madura al respecto. Así, resulta muy oportuno la convocatoria, para dentro de un año, de un cónclave científico de carácter internacional donde debatir sobre el objeto de estudio, pues no son pocos los que deberían tomarse en serio el desafío que lanza este libro a nuestro país. No en vano, para muchos, «Idolatría…» va a cambiar la forma de ver y entender el mundo.

Quizás el tic-tac del futuro se escriba con el lenguaje «vebor» que propugna la «cognomática», un dominio del saber emergente, con epicentro en León. El nuevo rumbo está marcado. Como diría el Capitán Kirk: ¡Ojalá tengamos viento de cola!

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