Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Los leoneses somos animales de costumbres, algunas de ellas incluso buenas. Nos gusta que tras el martes llegue el miércoles, que el tomate sepa a tomate y que en las concentraciones suenen bocinas. Personalmente, de los tres ejemplos citados puedo admitir alguna excepción puntual en los dos primeros, pero soy inflexible con todo lo referente a tan noble instrumento, sin el que una protesta no suena igual de farruca. Su intención sonora no es deleitar los oídos, sino doblegar al poder a través de la pesadez, la exasperación y el desparrame del pentagrama. Ahora bien, no por ello han de perderse las formas. Ya he escrito aquí otras veces contra la funesta moda de las bocinas de pie. ¡Un respeto a Harpo Marx, patrono de la libertad de expresión! El viernes pasado, en una de tantas concentraciones frente a la subdelegación del Gobierno, volví a ver cómo el instrumento era tocado mediante dicho sistema de pedaleo, como quien hincha un colchón neumático en una de esas playas de la burbuja inmobiliaria. No lo vamos a llamar dopaje, pero casi. La bocina es un instrumento de mano, como la alcachofa de la ducha o el abanico de Falete. Y así ha de seguir siendo. ¡Hombre, compañeros y compañeras, que se note que en León tenemos auditorio!

El bocineo empleado en las concentraciones de protesta es una modalidad de la guerra psicológica contra el poder. Lo malo es que de paso nos debilita también a quienes no lo tenemos. Por supuesto, nadie protesta por gusto, salvo el pollo Calimero, los adolescentes y Artur Mas. Hay silencios mucho peores que el ruido.

Dado como se presenta el futuro a corto plazo, habrá que encontrar la fórmula para que la tabarra musical diaria sea más soportable en los tímpanos de los ciudadanos. Como tampoco parece muy factible que subdelegado del Gobierno conceda citas en su despacho para que le den conciertos protesta para él solo, pues habrá que seguir cavilando soluciones. Quizá bastaría con compaginar en cada concentración la noble y ruidosa bocina de mano con instrumentos igualmente terribles si son tocados con fines reivindicativos, como los platillos, el xilófono o incluso, pero ya solo si resulta inevitable, la vuvuzela… por supuesto, sin pedaleo.

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