LA GAVETA
Casona Carral
Un gigante gordo me esperaba al final de la calle en cuesta. O tal vez no me esperaba, en realidad sería extraño que lo hiciese. Pero allí estaba él. Inmenso, arraigado, sólido. Con su poderío lento de décadas y objetos.
Era uno de los bercianos más sensacionales que he conocido; yo iba en bicicleta. Y él acababa de ver a un inocente progre de provincias, de esos que no tenían otro futuro que entrar de ordenanza en un banco. En el mejor de los casos.
Aquel hombre era don Adelino Yebra. Nada menos que don Adelino, el estrafalario célibe de Villar de los Barrios, ya setentón entonces. Un hombre mayor que tenía mucho que contar: vendimias y tormentas, siglos y templarios, trenes y cafés, maquis y dolor, músicas de Galicia y hablar casi de Galicia. Un hombre de señorío rural, con una gran confianza en sí mismo. Parecía de mármol.
Él me habló del Villar de los Barrios y de muchos otros mundos, comarcas, tiempos, muertes y vidas, ambiciones y espadas. Me enseñó su extraño museo domiciliario, donde brillaban las viejas porcelanas de Sargadelos y unos bargueños sensacionales. Me dijo que había que defender siempre al Bierzo. Y al Villar de los Barrios.
Para mí sus palabras fueron ley de vida. Aquel hombre amaba al Bierzo como pocos. Había sido viajante por Galicia décadas atrás y luego se refugió en el caserón familiar con su hermano, también soltero. Para vivir la vida antigua de una villa noble. Una villa “que había tenido siete notarios en el siglo XVI” me contó don Adelino. ¿Y para qué tantos notarios?, pienso ahora.
Villar de los Barrios es un lugar especial. Uno de los tres o cuatro corazones del Bierzo, comarca muy afectuosa que necesita varias máquinas de amar y vivir. Villar de los Barrios, pequeño y noble, piedra y árboles, retaguardia aristocrática de tantos valles y aldeas bercianas, tiene un problema ahora. Se trata de una de sus mejores casas blasonadas, la de Carral, que está en peligro de derrumbe, como metáfora triste de otros desplomes y tristezas, fracasos y desolaciones sin cuento de la España actual.
Hay que evitar que se venga abajo esa casa, no vaya a ser que provoque una desgracia. Y luego ya verán sus dueños si lo remontan o no, es asunto privado. Lo que es público es evitar el caos final, y también es público meditar sobre las casas en peligro, la comarca en peligro, la esperanza fuera de juego.
¿Saldremos de ésta, de tan diverso y profundo pozo de ilusiones sumergidas? ¿Saldremos de tantos caminos cerrados? Don Adelino diría que sí, que saldremos. Y que los pueblos del Bierzo continuarán su proceso de mejora, en sus calles y sus plazas, sus casas y tejados. Saldremos de esta bajo la mirada de don Adelino, que aún se aprecia en el Villar en los días más claros.