Diario de León
Publicado por
MIGUEL Á. VARELA
León

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«¿Te acuerdas de cómo era el mundo hace veinticinco años?». Se lo preguntamos el otro día a Ignacio Linares. Le habían dado descanso como responsable de heterodinos en el Cielo y se pasó por Ciudad del Puente para festejar las bodas de plata de Onda Bierzo. «Aprovecha, que esto de los moscosos se acaba», le advirtió con mirada torva el jefe celestial de recursos humanos. Y se quedó por aquí unos días, contándole batallitas a los nietos y revisando la evolución capilar de los amigos.

Fue un encuentro agradable, de esos que sólo consiguen las personas que usan más el corazón que la cabeza: milagros que son capaces de generar los hombres cuya presencia diluye las heridas del tiempo. Se interesó por las novedades. Cada uno le contó la feria según le iba en ella.

Los apocalípticos le dibujaron el mapa de la irreparable miseria. Los integrados le pusieron al mismo mapa alguna trama de color. Los indiferentes se aplicaron a la botella mientras comentaban lo bien que se conservaba el anfitrión. El gracioso del grupo, uno de la costa de Lugo, hizo un paralelismo con la condesa de la que hablaban «Les Luthiers», aquella mujer madura «cuyos encantos no habían disminuido con los años: habían desaparecido».

Alguien que, como Linares, vivió el franquismo real, el mediopensionista, la Transición, la invasión de los «demócratas-de-toda-la-vida», la resurrección de los rojos, la reconversión de los azules y la peste de los progres, es capaz de desarrollar una cintura que envidiaría la prótesis del mismísimo Borbón. Por eso nada de lo que pasó en el encuentro le extrañó.

En el sector político encontró las cosas igual que las había dejado. Cambiaban, eso sí, los nombres, pero las prácticas seguían siendo las mismas. En el oficio periodístico notó al personal más flojo, pero pensó que el asunto se debía a un cambio en las costumbres. «Como ahora cobran menos, han dejado de beber, y las únicas fuentes que usan son las oficiales, que no tienen alcohol, pero estén cargadas de aditivios y conservantes», supuso.

En lo cultural, los escritores realmente existentes estaban preparando un manifiesto en el que comunicarían oficialmente su negativa a volver a publicar. «A publicar en papel —matizó Valentín Carrera—; el futuro es digital y no podemos permanecer indiferentes ante la tecnología». Todos asintieron, menos uno que tenía apalabrado un premio con una editorial de prestigio menguante de la capital.

«¿Te acuerdas de cómo era el mundo hace veinticinco años?», le volví a preguntar en un aparte a Ignacio. Y se le empezó a hinchar la carótida con aquella de «válgame Dios que trabajo pasan las embarazadas…». Intervinieron los municipales. Y en este calabozo estamos, esperando los resultados del tráfico de influencias.

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