LA GAVETA
Ponferrenault
Ponferrada es hija del Camino de Santiago, de la minería del carbón y de la autarquía de Franco. Esos son sus padres más influyentes, aunque también tiene otros, claro. Como los pimenteros, los corregidores y los abades.
El Camino le dio fuste. El Camino y el Sil, que motivó la construcción del fundacional puente de hierro. Es hermoso que una ciudad haya nacido bajo la advocación de un puente. Que significa unión, acercamiento. Salvar obstáculos. Comunicación y universalidad.
El carbón le dio habitantes, la pobló de instalaciones fabriles. La convirtió en un modesto faro para los bercianos del monte y los gallegos del interior; para muchos andaluces. El carbón era un esfuerzo privado, la apuesta de inversores vascos y madrileños. La concreción de la clarividencia de un gran bilbaíno que terminó en la pobreza, don Julio de Lazúrtegui.
Franco le dio Endesa, aquí fundada. El dinero público del INI puso en marcha la gran empresa eléctrica, que junto con la MSP harían de la urbe un lugar pujante y caótico a un tiempo. Reino de niebla, hace muchos años esfumado, donde surgían personajes de novelas tristes y épicas, dulces y amargas a un tiempo. Personajes reales o inventados que vivirán mientras vivamos los ponferradinos que conocimos aquella demarcación de la antracita y la lluvia.
Luego vino un momento clave, también bajo la autarquía. El momento principal que significó la derrota principal. Ponferrada se barajó seriamente como candidata para ser la sede de la Renault. Era algo sensacional, porque una fábrica de coches en la capital del Bierzo habría revolucionado por completo la historia de la urbe. Ponferrada luchó con lo poco que tenía en aquellos años de postguerra. Aunque, probablemente, más que luchar, soñó y esperó. Era un empeño quimérico porque el Puente de Hierro carecía por completo de lo que a Valladolid, la ciudad finalmente elegida, le sobraba: tamaño, arzobispado y Falange. Y muchas más cosas: capitalidad de provincia, capitanía general del Ejército, historia, universidad y periódicos.
Valladolid fue mimada por Franco porque había sido ciudad leal a los enemigos de la República. Como Burgos, premiada con un gran polígono industrial. Frente a ello, Ponferrada era una remota población de quince mil habitantes. Y además era la capital de la lucha contra el maquis, que por aquel tiempo —1951— vivía sus últimas batallas.
«Ponferrenault» no fue posible. Y ahora, como lastimosa evolución de este sueño truncado, la gran fábrica del Pisuerga amenaza a los proveedores leoneses que se hallen a más de cien kilómetros de distancia. La historia continúa pero también es cierto que no está escrita: nadie ha determinado que la nuestra sea tierra de resignación. León tiene que luchar. En este asunto y en tantos otros.