Diario de León
Publicado por
MIGUEL Á. VARELA
León

Creado:

Actualizado:

Basilio murió en la primavera de 1953. Vivían entonces en Santa Lucía de Valdueza algo más de cien personas. Ocho años después, cuando falleció Nicanora, esta aldea probablemente milenaria del sur de Ciudad del Puente había perdido la mitad de su población.

De Basilio y Nicanora queda una placa, escrita a mano, con letra temblorosa, en el desolado cementerio de un pueblo que tenía 183 habitantes en 1900 y en el que en diciembre de 1970 se cerró la puerta de la última vivienda ocupada. La tumba tiene una cruz muy simple hecha con guijarros y en la humilde lápida, sólo dos nombres, dos fechas y una pista autógrafa: «de sus nietos». Probablemente queden más cuerpos en ese solar escaso y umbrío, al pie de la espadaña de la iglesia semiderruida, pero la de Basilio y Nicanora es la única tumba que alguien recuerda.

Un monje curioso, Fray Arturo Álvarez, pasó por el pueblo investigando el monacato berciano en el verano de 1970. En ese momento quedaban en él dos matrimonios ya ancianos y un niño. El fraile escribió un breve artículo que tituló «Santa Lucía: otro pueblo que se borra del mapa berciano». Cuando se publicó, los cinco vecinos ya habían recogido la cosecha de castañas y nueces y allí ya no vivía nadie. En el texto no se cita a Basilio y a Nicanora.

Santa Lucía nunca tuvo luz eléctrica, ni agua corriente, ni alcantarillado. Tampoco escuela, aunque se habilitó como tal una casa del pueblo. Tenía, sin embargo, cuatro hermosas fuentes. Y se aprovechaba el terreno para cultivar patatas de excelente calidad, alubias, garbanzos, manzanas y berzas. También se vendía madera de castaño y nogal, transportada por un viejo camino carretero hacia el Barrio del Río de Ozuela. Y se criaba ganado. Y era lugar de abundante y afamada caza. Tuvo dos molinos hidráulicos de propiedad vecinal y una mina de hierro en el camino que asciende al Campo las Danzas, explotada a finales del XIX para abastecer a la herrería de San Pedro de Montes e incluso la de Llamas de Cabrera.

Cuando Basilio y Nicanora murieron el pueblo estaba condenado. Y la naturaleza quiso contribuir a su fin. Un atardecer de agosto de 1964 una terrible tormenta descargó toda su furia sobre el entorno de Ferradillo, provocando inundaciones en el valle y en la misma capital. El agua excavó las calles, inundó bodegas y produjo un deslizamiento de tierras que se llevó un tramo del canal de riego que abastecía a las huertas. Ninguna administración ayudó en reparaciones que nunca se hicieron y en seis años el lugar quedó definitivamente despoblado. En los alrededores, San Adrián aguantó cuatro años más y Ferradillo seis.

Todo eso ya no lo vieron Basilio y Nicanora, fabricantes de melancolía en un pueblo abandonado del envejecido noroeste.

tracking