Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Eso de que sea el poder quien conceda premios me parece muy indecoroso. En realidad, todas estas fiestas de la vanidad no son más que la versión moderna del becerro de oro, ídolos con los que tratamos de apaciguar nuestro miedo a la muerte, encarnada en nuestros días en un temor reverencial al anonimato, al complejo del don Nadie, al martirio de la igualación social. Queremos ser como todos, pero queremos que nos premien por ello. Es la puesta en práctica de la doctrina de la factoría de Warhol. El poder se convierte en el árbitro, dando y quitando dádivas para tenernos entretenidos. Las hay que se regalan a modo de proyecto, que tienen forma de maletín e incluso hay algunas que se aprueban a modo de inversión (o subvención). El BOE es la versión postmoderna del Dios anterior a la nueva alianza.

En el caso de los premios de la cultura todo es mucho más tétrico, porque si por algo debe definirse la creación es por la independencia. Me dirán que de seguirse este argumento a rajatabla, Miguel Ángel nunca habría tenido que aceptar el encargo de Julio II. Pero el hecho cierto es que fue el papa quien se plegó a la voluntad del genio, no al revés. Fernando Arrabal dice que el premio a un escritor puede ser justo si el jurado se confunde. En un mundo en el que la cultura se ha banalizado hasta límites grotescos, la frase del dramaturgo es más que certera.

El gesto del leonés Juan López ‘Jan’ es eso, un gesto, pero hay gestos que cambian el mundo. El creador de personajes como Superlópez (el hombre corriente que se convierte en un superhéroe más corriente aún y demuestra que las proezas reales tienen poco de insólito) ha renunciado a la Medalla de Oro de las Bellas Artes por «ética personal». Se une a otros que, como Javier Marías, deciden seguir su camino sin interferencias ajenas a la labor creadora. El dibujante de Toral alude en su nota a que las circunstancias políticas y sociales le impiden aceptar la condecoración. Javier Marías adjetivizó algo más su decisión y aseguró que aceptar el Nacional de Narrativa habría sido una «sinvergonzonería». «Creo que el Estado no debe darme nada por efectuar mi tarea de escritor». Lo que califica estos tiempos es que las posturas morales resultan demasiado exóticas, sobre todo cuando se trata de intelectuales, y, lo que es peor, que no sintamos sonrojo ante quienes celebran en su muro el fallo del jurado con varios días de antelación a que se haga público.

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