Diario de León
Luis Urdiales
León

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En los cielos de León se aventuraba el tiempo por el vuelo de los grajos, denominación común dedicada a todas las especies de córvidos con plumaje negro, capaces de superar los inviernos siberianos que castigaban esta tierra penitente sin más ayuda que un puñado de centeno o vivir como marqueses a base de limpiar de carroña toda la provincia.

Todos los territorios deberían llevar un animal en la heráldica, como los primitivos que superaron milenios de sangre, barbarie y cementerios improvisados en las campiñas; como los nuevos grupos tribales, que arreglan las diferencias a navajazos, señal de que la evolución de la razón no es como la pintan; como las escuadras deportivas, que se miden al éxito alineados con la gloria de la fauna local.

Por animales va a ser. Desbordan ese vasto paréntesis entre la cordillera y el yermo castellano bichos con currículum vitae para serigrafiar en un pendón mientras se arenga a la masa y se preparan batallas (antes, a campo abierto, con lanza y escudo y jumentos famélicos; ahora en despachos de administraciones lejanas que ventilan el futuro de los niños, con armaduras a veces, con jumentos, también). Podía ser el lobo, que azuzaba las noches de otras generaciones, con fauces enormes y ojos relucientes en la oscuridad. El oso, señor entre los robles y los hayedos, paradigma de fortaleza, vector del mundo sostenible que creíamos muerto y que resucitó en los anuncios de la agencia publicitaria de Silván; el oso, capaz de atraer él solito más subvenciones que toda la cofradíadelromboJunta . O vulpex vulpex, maese el zorro, único habitante que queda en enero en los pueblos de León. Por elegir, el jabalí, que además de dar sabor a la patata en cenas de escopeteros es razón de ser del atasco en el Contencioso.

Podían elegir lustre; aves rapaces que pueblan la montaña y planean altaneras por los cielos de León. Algo de linaje, para que nos conociera el mundo; el urogallo, como los asturianos, que cantaba jovial en la carátula de El Hombre y la Tierra . Pero resulta que los europeos nos distinguen por los grajos, aves del populacho y del terruño; los primeros que llegan y los últimos que comen.

Una ornitóloga de Suecia analiza desde hace años la colonia de grajas de La Sobarriba. Vino a eso. A concluir cómo se reflejan los córvidos en la sociedad leonesa.

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