Diario de León
Fernando Jáuregui

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Fue, más o menos, entre ocho y media y nueve y media de la mañana de este viernes 18 de enero. Una hora terrible, que hizo temblar la sede del partido que sustenta al Gobierno, en la madrileña calle Génova. Todas las emisoras de radio, todas las tertulias periodísticas de la televisión, machacaban sin piedad en el yunque del Partido Popular. Esa misma mañana se había publicado algo que ya estaba en el ambiente desde hacía tiempo: «Bárcenas pagó sobresueldos en negro durante años a parte de la cúpula del PP». Es decir, que el exgerente y extesorero durante muchos años del PP habría estado «beneficiando» a altos cargos del partido hoy gobernante con entre cinco mil y quince mil euros mensuales.

Los comentaristas de todas las radios, de todas las televisiones, se mostraban implacables, en esa hora tremenda, con los desdichados responsables del PP, como la secretaria general, María Dolores de Cospedal, a los que no les había quedado otro remedio que comparecer, en esos sesenta minutos de pesadilla para ellos, ante los micrófonos.

Para echar balones fuera, para subrayar que «en mi época no ha pasado nada de eso» y para reiterar que ellos, de lo publicado, no sabían nada. Puede que no. Puede que tampoco Mariano Rajoy, a quien hay que reconocer que, a su llegada a la cúpula popular, empezó a recortar las aún presuntas corruptelas, se hubiese enterado de nada en sus primeros años al frente del PP. Tengo a Rajoy por persona honorable e incapaz de quedarse con un euro que no le corresponda; también creo, ya digo, que fue él quien empezó a acabar con las irregularidades que, como todo el mundo sabía y algunos habían denunciado, se producían en la financiación del partido y en los bolsillos particulares de los «financiadores». Pero también creo que Rajoy llegó a la cúspide de un partido en el que se habían cometido no pocas irregularidades. No era fácil cortarlas de raíz, lo entiendo, y sin embargo... Y, sin embargo, Rajoy, y el PP, como antes el PSOE —no podemos olvidar que el «reinado absoluto» de Felipe González concluyó en medio de enormes escándalos de corrupción y tras haber dimitido una parte de su Gobierno—, no acaban de explicar las cosas con la suficiente claridad como para que la ciudadanía recobre la confianza en sus representantes, a los que considera el segundo problema de la nación.

Solamente la verdad, toda la verdad, y la demostración de un firme propósito de la enmienda plasmado en medidas de control y participación de los electores en la marcha de los partidos, podrán acabar con esta avalanchal. Ha sido, lo confieso, también una hora terrible para quien suscribe, consciente de que muchas cosas se están derrumbando sin que nadie acierte a consolidar el edificio. Seguro que usted, amable lector, también habrá experimentado, como yo, una hora de vergüenza ajena.

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