Diario de León
Publicado por
ERNESCO ESCAPA
León

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Quienes conocimos como niños de pueblo la posguerra, guardamos una memoria muy viva de los visitantes a nuestro nerudiano racimo del mundo. En verano, volvían los indianos con atuendo caribe, los frailes talares y los emigrantes. Cada cual en su papel. Unos invitaban a merendar, otros jugaban a los bolos y los que venían de las periferias industriales dispensaban tacos muy sonoros en sus nuevas lenguas. Luego, con el roce, todos iban puliendo sus rarezas. Antes del verano llegaban los rebaños, los gocheros y los curas de misiones. También las primeras oleadas de pobres, que procuraban no agolparse en la visita para disfrutar las ventajas de una buena acogida.

Los pobres traían cada cual su leyenda, a veces picaresca, otras estrafalaria. Yo me acuerdo de aquellos seres de incierta aventura, como el Pobre de las Maestras o el Loco de Cascantes o María la Gallega, que gozaban de una cierta familiaridad en el pueblo, aunque a veces les estropeaba la estancia su afición a los excesos. También venían titiriteros, que actuaban en la plaza y rifaban cosas inútiles aunque muy vistosas. Ninguno tan sobresaliente como Barbachei, el Hombre Foca, que empinaba sobre su mandíbula un arado de vertedera o hacía equilibrios con tres niños en un taburete apoyado en la barbilla.

Aquella animación de nuestros pueblos, cuando la vida era una aventura a la intemperie, no conocía descanso en todo el año. El estañador pasaba una vez al mes y el de mi infancia tenía un parecido sorprendente con Gabriel García Márquez. También en la fascinación de sus cuentos al fuego. Desde Viñayo venía la Cirria, una mujer estruendosa y teatrera, que asustaba a los niños con sus esparavanes. Pero había comitivas más inquietantes, porque su llegada era imprevista y las formaba un tropel de postulantes. Ocurría cada vez que un pastor cazaba un lobo: lo paseaba en un carro, pidiendo en las casas por haber librado al contorno de aquella alimaña. Más dramática resultaba la visita de quienes solicitaban, «con los pies rotos de polvo y piedras», socorro para casa quemada. Su expedición era larga y fatigosa, porque el daño también requería mayores auxilios. Llegaban del Órbigo, de los Altos, de Luna o de Omaña.

Ahora, con la crisis, están retornando demasiadas cosas ingratas de aquel pasado, sin que nadie nos devuelva el destello de su esplendor. Pero la más inesperada está siendo la irrupción del fuego, que otra vez devora casas en los pueblos de León sin que acudan los bomberos, porque los servidores públicos encargados de su actuación no se ponen de acuerdo. Llevamos seis casas arruinadas en medio año, mientras observamos cómo los demás, de Ávila a Zamora, tienen claro qué hacer para paliar la calamidad. Acaso sean menos miserables.

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