EL RINCÓN
Cumplir la ley
Si es que ya da igual si tiene o no razón Durán en el caso Pallerols, lo mismo que da igual lo que diga Griñán sobre los EREs, Rajoy sobre los sobres o Rubalcaba sobre la sabia Amy. Da igual porque la percepción que tenemos todos los ciudadanos, salvo los que asumen gustosos el papel de ser más papistas que el Papa, es que la estructura fundamental del sistema, los cimientos sobre el que se levanta todo el entramado democrático, sufre aluminosis, mal de la piedra, una degradación ya insostenible que hace tambalear todo el edificio. Hablo, para variar, de los partidos que desde hace años se han instalado en una deriva hacia lo que nunca hubieran debido ser: mastodónticas empresas que abarcan sociedades filiales tales como fundaciones, agencias de colocación, despachos de intermediación malamente camuflados, organizaciones receptoras de dádivas y, si me apuran, instituciones financieras con ánimo de lucro.
No sirve que el PP se demarque —ahora— de Bárcenas lo mismo que no sirve que Durán niegue la evidencia. No sirve cesar a quien dio cobijo a Amy y llamarle golfo porque el problema no es Bárcenas, ni Amy ni quien llevara a Unió a la vergüenza, ni el 3% aquel del tripartito catalán del que nunca más se supo, ni el responsable de los EREs de Andalucía, etcétera. El problema es el poder prácticamente total en el que se mueven todos nombrando a jueces, fiscales generales a las órdenes, presidente del Banco de España, mandando en entidades financieras como las cajas, creando empresas públicas, firmando y sellando todo lo necesario para que nada quede fuera de su control. Y si de vez en cuando alguien descubre algo sobre algo, se busca al chivo, se le arrincona —o no— y si no sabe demasiado, se le abandona en manos de los titulares.
Ahora todo el clamor se eleva hacia la necesidad de una verdadera Ley de Partidos que ponga coto a este tobogán desenfrenado de desmanes y corrupciones. Pero es que lo verdaderamente terrible es la necesidad misma de una ley exclusiva que frene los abusos. Si ya todo está escrito. Si lo que sobran son leyes, códigos de buenas prácticas, circulares internas, declaraciones solemnes. ¿Cómo puede hacer falta una Ley específica para obligar a nada menos que un partido a que sea honrado? La única ley de partidos posible debería tener un sólo artículo: «Los partidos políticos también están obligados a cumplir las leyes». Y ahí se debería acabar la historia.