EL RINCÓN
Confesión de parte
Estamos gobernados por millonarios, cosa que si bien no es reprobable tampoco es reconfortante en tiempos de penuria. Mariano Rajoy es rico por su casa y por su profesión, que consistía en dar fe, pero no por indagar acerca de los orígenes poco caritativos de sus inicios. Allá los antepasados de los ricos. Alfredo Pérez Rubalcaba, en cambio, no disfrutaba de una de esas profesiones privilegiadas que solo exigen un esfuerzo anterior y saber firmar autógrafos.
Es rico por la casa del pueblo, que lo eligió. La raro es que se llevan mal. y lo ridículo es que se peleen por denunciar cuál de los dos ha acumulado más pasta. Entre calé y calé no cabe la buenaventura.
Rajoy, que ha confesado parte de sus ingresos, se ha visto correspondido por su rival político, que sugiere que el señor presidente se lucró con la crisis. «A Mariano Rajoy no le ha ido mal con la crisis, ¡madre del cielo!, no le ha ido mal», ha dicho. Pero él, aunque tampoco haya metido la mano en lo que no es suyo, tampoco es manco. Ha declarado un patrimonio similar. No hay que pedirle a Espartaco que acumule más latigazos que cualquiera de sus seguidores, pero tampoco resulta razonable que no se lleve ninguno.
Eso de publicar las rentas es siempre peligrosísimo para quienes no están en nómina, pero cobran puntualmente todos los meses. En nuestra política carnavalesca hay más enmascarados que fijos y por la cuenta que les trae a todos y que solo les viene a algunos, no debe salir a la luz. ¿Por qué se llevan tan mal entre los potentados que sacrificaron sus vidas para hacer más llevadera la nuestra? Cuando les llegue la hora de la retirada, como a su exsantidad Benedicto XVI, no podrán prepararse para el aprendizaje que exige siempre la muerte. Solo algunos místicos y algunos poetas locos, han deplorado abandonar este mundo dejando algunas monedas en la mesita de noche. Ni siquiera los que pertenecían al primer grupo confiaban en poder gastarlas, socorriendo al alguien.