Diario de León
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julia navarro
León

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Desde hace meses hay varios grupos de trabajo en el seno del PSOE que pretenden poner a punto este partido. Se trata, dicen, de reflexionar sobre los problemas y hacer propuestas a la sociedad. Hasta aquí todo normal. Pero mire usted por donde, en medio de la tormenta que está cayendo a Rubalcaba y compañía no se les ocurre otra cosa que anunciar que lo mismo cambian el nombre a su partido. Pasaría a llamarse Partido Socialista Europeo-PSOE. Se preguntarán ustedes a qué viene esa posible apuesta por un cambio de las siglas centenarias. Si los actuales dirigentes quieren sacar a su partido de la crisis que padece y recuperar la confianza de los ciudadanos tendrán que pensar en otra cosa que no sea una operación de maquillaje barato.

El problema del PSOE no son sus siglas, ni tampoco hacer hincapié en su apuesta por Europa. El problema es de credibilidad, o mejor dicho, sus actuales dirigentes carecen de la credibilidad suficiente para convencer a los ciudadanos de que ellos tienen la capacidad de hacer política no sólo para salir de la crisis económica, también para afrontar la crisis de valores amen de dar respuesta a las tensiones territoriales.

Parece que los actuales dirigentes creen que pueden engatusar a los ciudadanos haciéndoles creer que por el mero hecho de cambiar de siglas ellos también han cambiado. En mi opinión, la principal batalla que tienen que librar los dirigentes socialistas es la de recuperar la credibilidad y para ello necesitan personas solventes en primera línea. No digo que la dirección del PSOE tenga que estar formada por jóvenes desconocidos, como si la juventud fuera un valor en sí mismo. Voy más allá. Creo que el cambio se debe de dar en otra dirección, en la de buscar personas de prestigio y solvencia política, no importa la edad, capaces de abrir una nueva etapa en el socialismo.

Zapatero dejó una herencia envenenada. Sus políticas, y sobre todo su frivolidad, provocaron una desafección profunda hacia el PSOE, de manera que Rubalcaba harto hace con manejar los restos del naufragio. Pero más allá de la herencia, el actual secretario general también tiene su cuota de responsabilidad. Los socialistas tienen que aclararse respecto a la configuración del Estado. No pueden improvisar proyectos federales para paliar sus problemas con Cataluña. Ahora el PSOE no parece capaz de convencer a los ciudadanos de que es un partido capaz de vertebrar el Estado sin veleidades. Tampoco termina de perfilar un programa económico alternativo. Un cambio de nombre es una manera vergonzante de disimular sus carencias. Como dice el refrán: «aunque la mona se vista de seda, mona se queda».

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