EL RINCÓN
Desmentir la verdad
Asu victorioso regreso de Canadá, el ex tesorero que puso a buen recaudo el tesoro ha reaparecido ante sus esquilmados. Tiene un alto concepto de sí mismo, pero ha puesto aún a mayor altura el índice de su mano izquierda, en ese gesto de pésimo gusto que se llamaba hacer la peseta y que ahora debiera denominarse hacer el euro.
El millonario también debe de serlo en secretos, ya que nadie se atreve a sentar en un banquillo a alguien que tiene tantos millones en un banco suizo. Solo María Dolores de Cospedal, aprovechando que el Decanato de los Juzgados de Primera Instancia de Toledo que le pillan cerca de su domicilio, ha interpuesto una demanda civil contra el más respetado de nuestros ladrones.
Da igual. Los españoles no creemos ya ni en los juzgados, ni en la jungla y denunciar al que fuera tesorero nos parece semejante a indagar por qué asesinó su Majestad en África: una pérdida de tiempo y un desmoronamiento, no solo de esa montaña arrugada que era el inocente paquidermo, sino de la oxidada Corona, esa otra montaña.
No hay nada que no se tambalee en estos momentos de vértigo generalizado y lo único que falta es que se acuñe una moneda conmemorativa con las efigies de Urdangarin y de Corinna. Entre su Majestad y ellos dos formarían la pareja perfecta, que hay quien dice que es de tres.
Mientras, el pobre Rajoy, al que se ha venido encima todo lo que no puede mantener oculto debajo de las alfombras, nos promete bajar los impuestos el próximo año.
¿Cuántos serán los beneficiarios de esa medida? Al ritmo inexorable que llevamos trabajarán muy pocas personas, menos de las suficientes para seguir pagando a los políticos que, unos más que otros, han elaborado la ruina nacional. Nadie sabe a dónde podemos llegar, pero sí a la situación a la que hemos llegado. Al que llamábamos Majestad y queríamos todos, unos más y otros mucho menos, ahora le llaman «el suegro». La vida da muchas vueltas, pero las personas que la organizan tampoco se están quietas.