Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Somos un país en el que el respeto por la creación intelectual es cada vez menor. Casi nadie respeta la cultura, hasta el punto de que los propios artífices deshonran su trabajo y se ningunean convirtiendo la representación final en una astracanada política. Cierran las salas de cine y las librerías, los índices de lectura camuflan unos ránking ocupados por novelas cuyo resultado es la degeneración de la mente del lector y volvemos a la lista negra de los países que con mayor orgullo se dedican a robar el esfuerzo y el talento ajenos. Y todavía nos extrañamos de que la corrupción sea el máximo al que aspiran la mayoría de los ciudadanos...

Hace dos lustros casi de la inauguración del Musac. Recuerdo que el por entonces director, Rafael Doctor, amenazó con dimitir si desde la Junta se escuchaban los cantos de sirena del alcalde de Valladolid para homologar en precio el museo leonés con Patio Herreriano. Doctor Roncero apelaba a la democratización del acceso a la cultura como argumento para defender la libertad de entrada. Diez años después y con una sociedad en la que Dickens no se sentiría excesivamente depaisé , la cultura es —más que nunca— un asunto de ricos. Hasta el punto de que la entrada del Auditorio se incrementa dos veces en un mes sin que nadie se sonroje, sin que ni siquiera el responsable piense que tiene que decir la verdad, y repite la consigna que le han facilitado para que diga medias verdades.

No está mal poner en valor la cultura, pero eso no es lo mismo que subir los precios, a no ser que tiremos por el camino del medio, demostrando que confundimos arte y pensamiento con decoración y entretenimiento. El ocio nació para distraer la atención de una clase nueva y desconocida. La masa trabajadora comenzó a tener tiempo libre que podría ser utilizado en hacer la revolución o en pensar. Así que se generó la industria, la gran industria del entretenimiento, despistando una vez más la posibilidad de la mayoría de acceder a las claves del pensamiento. El cine, la televisión, las revistas, los libros ‘digeribles’... Todo ello es una gran cortina de humo con la que se impide que la nueva fuerza de trabajo —la clase media— acceda a la cuestión principal. Un profesor me preguntó una vez si pensaba que Sócrates tenía más cultura que cualquier universitario. Supongo que sí, y que una sola línea de Saul Bellow es más profunda que la supuesta cultura que nos ronda cada día.

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