PANORAMA
La coctelera
Quizá no debemos atribuir a la palabra azar las convulsiones que vivimos. La casualidad justifica muchas cosas, pero no todas, y como coincidencia parecen demasiadas. Es como si al mundo lo hubieran metido en una coctelera agitada por un barman demente. La tiara del dimitido Benedicto XVI, ahora en reposo hasta el próximo cónclave, se ha convertido en un sonajero. Nuestros problemas no son únicos, pero salvo el claro triunfo del Madrid ante el Barça, todo esta oscuro. «La transparencia, Dios, la transparencia», rogó Juan Ramón Jiménez y la petición del gran poeta se ha hecho universal. Washington está de nuevo al borde del abismo de una crisis económica y Obama grita contra lo que él llama «secuestro fiscal». Ya sabemos que cuando los Estados Unidos se resfrían en Europa cogemos todos una pulmonía, pero en España el resfriado es crónico.
Lo que hace ingobernable a un país es que esté gobernado no solo por ineptos, sino por cobardes. El PP, que acaba de aceptar incluir la Corona en la Ley de Transparencia, no ve nada clara la solución al caso Bárcenas, que lo ha demandado por despido improcedente.
¿Qué se puede esperar de un país donde el sueldo del tesorero de un partido es tres veces superior al del presidente de la nación? Los gatos encerrados, cuando se liberan, arañan. Y este señor, que está resultando el más listo de la excursión que nos lleva al precipicio, aunque esté imputado no está de acuerdo con su finiquito. Esto empieza ahora, ha venido a decir. Todos nuestros problemas se han metido en la misma coctelera y hacen mucho más ruido que en un vaso mezclador. Queda mejor la pócima «movida pero no agitada». Los agente secretos lo saben.