La opinión del lector
Tiene usted que esperar
Bajo este título y a sabiendas de que el que «espera desespera», me veo en la necesidad de dar a conocer una situación.
Tras un accidente ocurrido hace dos meses y habiendo pasado por una serie de atenciones médicas intachables, mi esposa llega a la rehabilitación del Hospital de León y le prescriben una prueba y entra en la «lista preferente». No me dieron cita y nos respondían que «nos avisarían inmediatamente». Tras llamadas y rellamadas y visitas en persona al hospital consigo ver a la supervisora del Servicio de Rehabilitación en el pasillo, y como si creyera encontrarse en un foso taurino trató de capotearme. «No sé nada, está en una lista de espera». Ni me quiso decir en qué clase de lista, ni qué número ocupaba, ni siquiera aproximadamente cuando le tocaría su turno en la supuesta lista. Pero eso sí, me animó, «¡vaya usted a atención al paciente!» Y... fui y escribí la correspondiente reclamación.
Dado que la supervisora, no sabía nada traté de contactar con la jefa del Servicio, pero «se encontraba reunida». Subí a ver al director del Hospital: derroche de amabilidad, exquisita atención, poseedor de extraordinarias cualidades didácticas para sus explicaciones, creo que buen político por sus formas, pero... ¡nada! Me fui como había llegado, sin saber cuándo ni de qué modo corre la lista, ah sí, «está en la lista de urgencias». ¡Y nos manifestamos en defensa de la Sanidad Pública!, vaya, pero si los que no funcionan son ciertas personas que ocupan cargos de confianza o ¿privilegio? En la Sanidad Pública. Bueno, pues ya lo sabe ¡a... esperar! O si se lo puede permitir, acuda a un servicio privado.
¿Se está juzgando a un santo?
Urdangarín en su comparecencia ante los periodistas defiende su inocencia y posteriormente lo contrario. Por el tiempo transcurrido desde el comienzo del caso vamos a creer que se asemeja «al cuento de nunca acabar». Pienso en los escribas, hebreos y su ley que procesa la de Moisés. De ahí creo que se juzga a un santo con sus afirmaciones y negaciones. Cristo no negó la verdad. Cristo sufrió por ella. Cristo subió al Calvario. Nos perdonó. Murió en él.
Sobre la importancia de la nueva iglesia de La Lastra
He leído la opinión de Juan Carlos Ponga Mayo, sobre la nueva iglesia de La Lastra. Un escándalo para él. No entiendo el apoyo de la frase de Ernesto Cardenal en la carta de referencia.
Y por apoyarme también en una frase, espero que sí la entiendan, que me dijo el P. Eladio de Castro, agustino y profesor del colegio que tuvieron en la calle San Agustín, comentaba: Cuando quisimos hacer el colegio aquí, (alrededor de 1920) no nos quería dar la licencia el Ayuntamiento porque decía que después les pediríamos hacer una calle hasta él. Entonces, el hoy edificio de San Agustín, estaba en las afueras.
Con esta iglesia nueva irán salones y más departamentos para uso de los feligreses, no para uso de los curas. No sé exactamente todo lo que quieren hacer, pero todo lo que hagan alrededor de la iglesia es siempre en beneficio de los que lo usan. Que serán, en primer lugar los habitantes del barrio La Lastra. Y también para uso del señor Ponga Mayo y mío, aunque no pertenezcamos a esa demarcación, si vamos por allí.
Por otro lado, mientras dure la construcción, estarán dando trabajo y sustento a sus familias, a todos los que intervengan y a sus proveedores. El señor. Ponga Mayo parece que insinúa que era mejor dárselo a Cáritas. El dicho oriental dice que es mejor enseñar a pescar, que no dar un pez todos los días. Porque, en el momento que esté hecho todo ese complejo religioso y social, como todos los de su especie, tienen siempre personas voluntarias para atender a los necesitados.
Parte de estas obras de la Iglesia están promocionadas por donaciones que los donantes dejaron bien claro el fin de sus aportaciones. Por eso, le ruego que no se escandalice ni tome como un insulto a los cristianos de a pie, como usted y como yo, su construcción. Es de agradecer que un cristiano, como usted, se preocupe, ojalá hiciéramos todos igual, por el bien de todos y critiquemos, aunque nos equivoquemos, siempre con espíritu constructivo, las cosas que no nos gustan.