Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Dios no se cansa de perdonar, pero nosotros sí nos cansamos de pedir perdón», afirmó el Papa en su primer Ángelus. Algunos ni siquiera llegan a cansarse, pues no creen en la conveniencia de pedirlo, y, por tanto, tampoco de darlo. Tomás González, el secretario de los socialistas madrileños, en declaraciones sobre la moción de censura en el Ayuntamiento de Ponferrada había afirmado días atrás: «En política no hay petición de perdón, hay dimisión». Pues ni perdones, ni dimisiones, pero tampoco soluciones. Dudo mucho que en política pueda avanzarse sin perdonar. Qué frustrante sensación de pobreza ideológica, de agotamiento. Cuando una reyerta local se convierte en batalla nacional ocurren estas cosas. Los griegos partieron hacia Troya en busca de Helena y lo que pensaban resolver en cuatro lanzazos les llevó diez años, y además hablando en hexámetros dactílicos. En Ponferrada aún no llevan casco, pero se está en ello. Sin embargo, pese al gran estruendo, no hay epopeya alguna en esta historia local, que no pasa del ámbito de la pedrada política. Aquí, Agamenón rima con mamón, y con tal musa ni Homero con la tarde inspirada podría hacer un canto.

En plena crisis, los políticos son los únicos que se pueden permitir una polémica. Pero ¿realmente nos la podemos permitir nosotros, los ciudadanos? Nunca hemos necesitado más de la gran política, entendida ésta como un humanismo aglutinador de energías contrarias. No es posible.

Marcial Manzano tenía hace años en el despacho de su gestoría, ignoro si lo sigue teniendo, un gran dibujo zanettiano de Judas atormentado por los remordimientos. Recuerdo que le pregunté el motivo para que tuviese un tema tan dramático, en principio poco apropiado para favorecer una conversación relajada. En tonos azules, sentado sobre una piedra, tenía su mano izquierda en la frente mientras que con la otra sostenía la bolsa de monedas. Me dio la siguiente explicación, muchos años antes de que se desencadenase la crisis: «Por aquí pasan personas a las que hay que recordarles que si no frenan su avaricia de beneficios van a terminar como él, y entonces les señalo el cuadro». Este nuestro es un tiempo de avaricias. Y lo que peor, de avaricias sin remordimientos.

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