Diario de León
Luis Urdiales
León

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Aquí no llegó a tiempo ni el gótico. Ni va a llegar a su hora esta vez la primavera, que no viene en tren, en contra de lo que creerán los niños hoy al salir del cole tras comprobar que el anuncio con fastos en la pizarra tiene poco que ver con la bofetada fría que los recibirá a pie de calle.

Se dará por contento el recio León si puede celebrar en marzo otra cosa que no sea la semana santa, antiguo refugio de silencio y unción religiosa, función mundana ahora que suma una cuarta parte del único negocio que le queda a la ciudad vetusta —el Húmedo— y de paso apuntala para todo el año un puñado de egos.

Se anuncian campanillas en medio de ese lugar estéril que se ofrece como lecho de los sueños de dios, del dios dormido que espantó a Ratzinger, donde es imposible que se concilien los ideales que armamos de niños, ajenos en la infancia al desengaño. Duerme dios, desde luego, entre cincuenta mil almas robadas de la esperanza. Este León de cuaresmas seculares, de vísperas de oficios y tañidos funerarios no alcanza a ver el mar de capilotes que volvía cada año. Vivimos un escenario de parábolas apocalípticas que no caben por el amplio vomitorio de salida que se han empeñado en señalar los profetas del nuevo pontificado, agnósticos igual de la burguesía del nuevo catecismo, abducidos por la oratoria próxima y entregada a los pobres. También en esto, la homilía vaticana encuentra acomodo sobrado en León. En medio de la necesidad de esperanza, se malinterpretaron las señales, y tras la perestroika jesuita que amaneció sobre la capilla Sixtina alguno creyó aquí que esta misma semana cerraban el Peñacorada.

No hay noticias de dios, ni de Victorino ni de Soraya, ni del carbón, en este valle de lágrimas que han convertido a la tierra que pisamos en los treinta últimos años; de devastación humana que ha sobrevenido agitada cada día por la tragedia de gentes sin trabajo y sin futuro. Aún así, se escucha amable la sugerencia del rezo y la oración como único refugio que traslada el sumo pontífice.

Este es el momento. En los próximos días aflorarán procesiones para impregnarse de fervor; tabernáculos cercanos, iglesias con aforo. Si no, está el ejemplo de Borges que ha contado el papa Francisco: agnóstico de tierra y cielo, cada noche rezaba el padre nuestro porque se lo había prometido a su madre.

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